El gobierno federal pausó uno de sus programas insignia: “Jóvenes construyendo el futuro”. Puede ser una señal de falta de recursos o de reestructuración, pero lo cierto es que el gobierno ha comenzado una nueva etapa en su relación con quienes se incorporan al mercado laboral y al padrón electoral. Algunos críticos se alegran, pero las consecuencias pueden ser peores de lo que imaginamos.

Los jóvenes mexicanos están lejos de las manifestaciones (en comparación con sus pares franceses) y todo indica que están más cercanos a las pantallas de su celular que a las preocupaciones más trascendentales del país.

A pesar de ello, se percatan de las pifias del gobierno y expresan su descontento. Una encuesta reciente señala que 44% de los jóvenes entre 18 y 24 años manifiesta que, para ellos, la imagen de la presidenta Sheinbaum ha empeorado en los últimos meses.

A la par de su descontento con el gobierno, llama la atención la preferencia de los jóvenes por movimientos de extrema derecha. Por ejemplo, en España y Francia crecen las adhesiones hacia los partidos que presumen agendas abiertamente discriminatorias, a tal grado que si sólo los jóvenes decidieran el futuro de esas naciones, la extrema derecha gobernaría a nivel general y en prácticamente todas sus provincias.

En México no estamos lejos de esa realidad: los porcentajes de simpatía que alcanzan partidos como el Verde o los evangelistas, habla de una perspectiva de vida entre los jóvenes, que avisora el fortalecimiento del machismo, un odio hacia los inmigrantes y una animadversión creciente contra las feministas y grupos LGBTI.

El gobierno federal está dilapidando una buena parte de su bono democrático entre los jóvenes y eso es una mala noticia para todos: los únicos que ganan son los partidos de extrema derecha, que cada vez condicionan más al gobierno. Las razones de esa situación son evidentes: inseguridad creciente, poca inversión en educación, en salud y en vivienda controlada por el gobierno. Un futuro sombrío para todos, especialmente para quienes acaban de terminar la educación media superior o superior. Un futuro donde el trabajo es inestable, la vivienda es inaccesible y la calidad de vida empeora a pesar de sus esfuerzos.

A nadie debería sorprender que personajes como Ricardo Salinas Pliego sean aplaudidos, a pesar de que su crecimiento en las encuestas es directamente proporcional a la debilidad del Estado. Para los jóvenes que se incorporan al mercado laboral y al padrón electoral, la debilidad del Estado es causante de la falta de oportunidades, por lo que “apostar” por un perfil distinto (con todo y su elitismo y discriminación) no es ningún disparate para ellos.

Si los jóvenes ven en Salinas Pliego una opción real, las alarmas deben estar encendidas: no se han atendido las causas y tampoco se ha mejorado las condiciones de vida en un país que les niega oportunidades esenciales. Los políticos que no vean esa realidad sólo logran ponerle la alfombra roja a Salinas Pliego o al listillo de extrema derecha que coseche el malestar de los jóvenes.

Otra opción que encuentran es aún peor: incorporarse a las filas del crimen organizado. Y esa realidad depende de la ciudad y del barrio donde habitan. Cuando años de educación escolar no encuentran mercado laboral donde desenvolverse y el futuro es tan turbio, la mesa está puesta para que las organizaciones criminales apuesten por atraer a jóvenes desesperados o hartos de la situación.

La falta de inversión del gobierno en servicios educativos tiene una repercusión enorme. La falta de regulación del sector inmobiliario también es alarmante y causa estragos en todos los estratos. La economía informal pasa factura a los jóvenes debido a gobiernos (de todos los partidos) que nunca han querido atacar el problema de forma seria. Los jóvenes pagan y pagarán los platos rotos. Los gobernantes de hoy se lavarán las manos mañana.

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