Por supuesto que a los demócratas nos alegra la victoria electoral de Lula Da Silva en Brasil. Impide el
regreso de la extrema derecha al país más poblado de América Latina, justo en el momento en que el inquilino de la Casa Blanca quiere servilismo en el continente para su despliegue militar y la extracción de materias primas necesarias para sus negocios tecnológicos.
Pero el vaso de la victoria solo está medio lleno. En otras palabras, el vaso de la democracia está medio vacío. Prácticamente la mitad de los votantes prefieren una opción racista, clasista y fascista. No es el caso exclusivo de Brasil: lo mismo pasa en Argentina, en Colombia o en países europeos como Francia o hasta hace poco Hungría. Y en todos los países de América Latina y Europa en porcentajes mayores o menores, la presencia y crecimiento de la extrema derecha es preocupante (Alemania, Italia, Venezuela, Chile, y un etcétera sonrojante)
Por mucho que los críticos de Lula lo califiquen como populista, su gobierno ha permitido a millones de personas mejorar su calidad de vida, aunque sus políticas no siempre empatan con demandas de grandes conglomerados tecnológicos. Los números macroeconómicos lo respaldan: el crecimiento promedio del PIB, los datos de desempleo y los de inflación durante su gobierno han sido mejores que los de sus dos antecesores (incluido Bolsonaro padre). Sin embargo, si los indicadores económicos son buenos, ¿por qué las personas apuestan por un candidato de extrema derecha tan malo como Bolsonaro?
Puede que haya una repuesta obvia que ni la izquierda ni la derecha han sabido cómo contrarrestar: el populismo se nutre de un descontento con la democracia, especialmente entre los jóvenes, para quienes el fascismo no les dice más que un momento histórico lejano.
No hay recetas fáciles para volver a la normalidad democrática (rota en este momento en prácticamente todo el mundo). Solo saltan tres cuestiones elementales para contener a la extrema derecha fortaleciendo la democracia.
La primera es la eficacia del gobierno y sus políticas públicas. Mientras la corrupción y la ineficacia inunden las acciones gubernamentales, podemos esperar años o lustros, pero está claro que la extrema derecha tomará las riendas de más países a nivel mundial. Un ejemplo pueden ser los sistemas de salud: mientras no ofrezcan un servicio decente, cualquier esfuerzo gubernamental por tapar otros aspectos resultan fútiles.
La segunda consiste en que las opciones de trabajo y vivienda sean dignas para jóvenes. No hay posibilidad de atajar el desencanto de la democracia si ella está inundada de corrupción y caracterizada por trabajos inestables, mal pagados y que no permiten acceso a la vivienda.
Sí, las finanzas públicas sanas, el poder judicial, los mecanismos de transparencia y mil requerimientos más de la democracia son elementales, pero sin eficacia y oportunidades, el descontento continuará su ruta ascendente. La generación anterior pudo tener acceso más fácil a la vivienda y a trabajos más estables. Los nacidos en los ochenta y tal vez en los noventa aún pudieron tener viviendas un tanto asequibles. Pero la situación para los nacidos en el nuevo siglo es desesperante: los salarios son de miseria, los trabajos extenuantes y sin prestaciones, y las opciones de vivir mejor se esfuman día con día porque el acceso a una vivienda propia es poco más que una quimera.
Hay otro factor más profundo que explica la preferencia por la extrema derecha que es el constante menosprecio por la educación bajo la idea de que la tecnología todo lo realiza. La pérdida de rumbo educativa es trascendental: el desprecio por la educación en todos sus niveles se refleja en el la falta de inversión en sistemas de educación como el trampolín social más importante. El valor de la educación es constantemente menospreciando por la extrema derecha, en especial de la educación pública.
Si las sociedades son incapaces de apostar por la eficacia del gobierno, la educación adecuada y mejores oportunidades para los jóvenes, poco habrá que hacer ante los populismos de extremas derecha y el siglo pasado ya nos enseñó cómo terminan esos disparates.
Hoy se puede aplaudir la contención de la extrema derecha. Pero su llegada y permanencia en el poder solo la estemos retrasando mientras no afrontemos los problemas que crean el caldo de cultivo para que sus adhesiones crezcan.