El sindicato de académicos de la BUAP y la universidad acordaron en lo oscurito reformar el sistema de pensiones. El acuerdo (pendiente de ratificación por parte de los trabajadores) pretende reducir al 85% las futuras pensiones, luego de descontarles hasta el 15% de su salario y prestaciones a todos los trabajadores activos. Una joya neoliberal.
¿Por qué no fue un proceso abierto y democrático? ¿Por qué no plantear la situación para que surgieran propuestas de solución desde la base? La respuesta es obvia: porque democráticamente es inviable.
Lo que no pueden esconder es su visión de universidad: que paguen los profesores para que los privilegios de la burocracia dorada y el despilfarro con el presupuesto de la universidad queden intactos.
Rectoría y sindicato quieren que los trabajadores cooperen con más dinero de los 50 millones de pesos anuales que hoy aportan para sus pensiones. Eso parece razonable. Sin embargo, la rectoría y el sindicato poco aclaran sobre el manejo a discreción de un presupuesto anual cercano a los 10 mil millones de pesos. Leyó usted bien: gritan como desaforados que hay que aportar más dinero (el doble, es decir, 50 millones más por año), pero la cantidad parece irrisoria si se compara con el presupuesto total de la universidad: se trata del 0.5%.
Cuando se hacen las cuentas, el sindicato charro y la rectoría se sonrojan ante la frialdad de los números. Sólo para poner un botón de muestra: la universidad se gastó 150 millones en una pista de atletismo, la cual tiene un sobrecoste evidente, no se ha terminado, pero ya liquidó en su totalidad. Las prioridades son claras: hay 150 millones para obras con sobrecoste, aunque no hay 50 millones para el fondo de pensiones. La pista la pagan a pesar de la falta de avances; las pensiones no están dispuestas a financiarlas.
En su lógica, quienes deben asumir la carga son los trabajadores. Y aquí caben al menos dos matices: uno, en el sentido que nadie duda sobre la necesidad de una reforma que ajuste el número de años para jubilarse o tope las pensiones para que en adelante haya más beneficiarios. El segundo matiz es que el sindicato y la rectoría olvidan que la universidad no es una empresa. Si fuese una empresa, ellos ya la hubiesen quebrado o el patrón ya los hubiese despedido, porque el dispendio ha sido mayúsculo en los últimos lustros. La universidad que no tiene dinero para contratar a profesores de tiempo completo (90% cobran como profesores de hora clase la ridícula cantidad de 118 pesos la hora) sí tiene dinero para las obras faraónicas, respecto de las cuales siempre existe un “ligero” sobrecosto con tufo a corrupción.
Esa misma universidad hoy ofrece olvidar que el fondo de pensiones decreció con el antecesor de la actual rectora, pero ella nada dice al respecto y ninguna auditoría fue puesta a disposición de los trabajadores para entender las razones por las que 3,000 millones de pesos no produjeron un solo centavo de beneficio durante años.
Pretender retener el 15% de los pírricos salarios de los profesores, sin revisar otros rubros de gasto de la universidad, es una bofetada que algunos están dispuestos a votar a favor porque son presionados por la rectoría o por el sindicato. O porque, como dijera Saramago, hay ciegos que ven pero no miran.
Esto no quita la problemática de las pensiones: efectivamente, hay que modificar y regularlas para evitar excesos. Más allá de eso, en el horizonte no se aprecia una regulación de los gastos exorbitantes que la burocracia dorada; no existe el compromiso de crear más plazas o de ofrecer transformaciones que permitan a profesores por asignatura convertirse en profesores de tiempo completo, y ni qué decir de la dignidad del salario de los profesores; tampoco está a discusión que la universidad vaya a dejar de lado las obras faraónicas; y menos aún se piensa cuántos investigadores quiere tener la universidad durante los próximos años. Lo único que les preocupa es sangrar a quienes menos perciben.
Su visión se reduce a seguir manteniendo una universidad que deambula, pero no crece; una universidad que produce licenciados, ingenieros o médicos, pero cada vez con menor calidad. Una universidad que incorpora profesores con salarios míseros, pero a los que ahora además les pedirá un esfuerzo extra, traducido en un 15% menos de salario y prestaciones.
El acuerdo no transformará la universidad, sino que profundizará sus carencias, porque no ataca sus vicios, sino sólo una de sus consecuencias. Es la acción de un carnicero, ayudado por sus alcahuetes.
La imagen que viene a la mente es la de Daniel Day-Lewis, afilando sus cuchillos como buen carnicero en una famosa película que protagonizó con Leonardo DiCaprio a principios de siglo. El filme se llamó “Gangs of New York”. En la BUAP, las pandillas que cortarán el salario de los profesores de la universidad tienen otros nombres y apellidos.