No es casualidad. Es la impunidad de saberse un delincuente y que el sistema no funcionará para castigarlo. Es el Estado como cómplice de quien infringe la ley. Las normas, parecen decir, se hicieron para romperse.

Puede tratarse de un fiscal (Gertz Manero) conviniendo con ministros el sentido de un asunto. Puede tratarse de un espectáculo en donde no se garantiza la seguridad de los ciudadanos.

Este es el Estado mexicano: no valen las normas; valen los ministros que tengas en la corte.

No vale la necesidad de evitar enfrentamientos en las tribunas de los estadios; valen los pesos que te ahorras en la seguridad de un espectáculo cada vez más mediocre y con mercenarios al frente.

Una República (si acaso así se le puede llamar) donde el fiscal general, Alejandro Gertz Manero, utiliza todas sus artimañas para castigar a la hija de su excuñada. Y para eso acuerda con ministros que en algún momento le advierten, en otras le traicionan, pero con quienes, en todo caso, convino. Sí, indefectiblemente esto es un acto de corrupción; un tráfico de influencias de manual. Los ministros al servicio del fiscal. Cuarenta y ocho horas después de aparecer los audios en los que se le escucha vociferar contra uno de sus cómplices (en este caso, un ministro de la corte) por haber realizado un proyecto que no es de su agrado, después de tantas horas, nadie del gobierno o de los personajes “pesados” de la oposición ha exigido su renuncia. Le tienen miedo. Y él no renuncia. Es el Carmine Falcone mexicano (ese personaje siniestro de la nueva película de Batman).

En un nivel más pedestre pero igual de impune, cientos de personas se pelean y se agreden en un estadio de futbol. Las escenas son dantescas. Padres de familia corriendo para salvar a su familia. Ese señor es la mayor parte de la sociedad mexicana: corre despavorido, su hijo se ha quitado la camiseta del equipo visitante por temor a ser golpeado, y él y su familia corren por su vida pero en cualquier momento alguien puede golpearlos hasta matarlos. El estadio La Corregidora sirvió para el montaje más vergonzoso pero real de nuestro país: el crimen organizado infiltrado, algunos empresarios ahorrándose pesos y sacrificando la seguridad los asistentes, la mayoría de personas observando horrorizadas, impávidas, el espectáculo grotesco en el que algunos se golpean, otro son golpeados y al final , de manera increíble, no hay responsables.

Sea Gertz o sea un vándalo en un estadio de futbol, ellos desnudan a sus víctimas y se burlan de un país. No solo cometen actos criminales: como diría Donald Trump, son capaces de salir a la calle y matar a una persona y no les pasa nada.

Porque esto es el Estado mexicano: un David que sin piedras se enfrenta a Goliat. Y a veces no quiere ni darle la cara. Un Estado donde manda cualquiera, pero nunca quien pretende guarecerse bajo el amparo de la ley.

Llámese Gertz Manero o un vándalo en Querétaro, su impunidad los equipara. Y ellos desnudan a sus víctimas; se burlan de un país.

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