La extrema derecha ha encontrado un lugar de lujo en los debates contemporáneos. Hace pocos días, un periodista mexicano afirmaba que la extrema derecha era un invento de la izquierda. Supongo que ese periodista considera que los misóginos, homofóbicos, antiinmigrantes, fascistas, racistas y clasistas son un invento. 

Nuestra realidad muestra una extrema derecha agazapada en distintos frentes, ya sea en los partidos políticos, en el clero, en el Congreso y ni qué decir entre los empresarios. Por ejemplo, los extremistas no tienen empacho en traer a colación a los comunistas (como si todavía hubiera alguno), y a cualquier fantasma relacionado con la izquierda para advertir que debe acabarse el gobierno de López Obrador (que consideran de izquierda y comunista, aunque esté lejos de serlo) y a quien prometen enfrentarse como cruzados. Esconden su agenda detrás de muchas críticas al gobierno actual y eso tendría que preocuparnos. Por supuesto que muchas cosas se han hecho mal en este sexenio, pero las respuestas no pueden venir negando derechos o restringiendo libertades. Precisamente, la mejor postura contra un sistema como el actual debe ser más democracia. 

Un ejemplo: los candidatos de la oposición son designados en reuniones de ilustrados y si tiene un discurso contra Morena bien pueden apoyar a un porfirista o un monárquico. Basta con prometer “sangre” y jurar odio contra AMLO, a pesar de que su agenda sea más cercana del siglo XIX que a las necesidades del siglo XXI. Ahí se cuelan los fascistas modernos, los antiinmigrantes y ni qué decir de los racistas y clasistas. Se aprovechan del hartazgo de una buena parte de la población para introducir sus ideas como si fueran democráticas. 

Exactamente en ese sentido es necesario que el PAN y el PRI no sean cooptados y maniatados por la extrema derecha. Ya de por sí su papel es delicado, como para que crean que la solución a los problemas del país sea borrar los avances democráticos que se han logrado en los últimos treinta años, sobre todo en cuanto al reconocimiento y, en menor medida, la protección y garantía de los derechos humanos. 

En esta materia se ha ganado un terreno que no es definitivo, porque las fuerzas de la derecha extrema están siempre dispuestas a discutir los avances que logra una sociedad que quiere ser más igualitaria y democrática. Sobra decir que los derechos de las mujeres generan una especial urticaria en los extremistas de derecha y ni qué decir de los derechos de los inmigrantes o de los derechos sociales, porque consideran que benefician a holgazanes y ninis. 

No estamos lejos de sufrir las consecuencias de un gobierno cuya bandera sea mirar al pasado de manera machista, homofóbica y contrario a derechos de grupos vulnerables. Las instituciones mexicanas están infiltradas por corrientes que, en cierta medida, coquetean con ideas de extrema derecha y dos factores de poder, la Iglesia y las Fuerzas Armadas, podrían apostar por impulsar proyectos de este tipo siempre que destierren los derechos que ellos consideran abominables (por ejemplo, el aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo o los derechos de los inmigrantes centroamericanos)

No es una cuestión menor: el PRI y el PAN -los principales partidos de oposición- tendrían que fortalecerse a partir de proponer más democracia, no a partir de plantearse como un mero bloque antiMorena que puede engendrar corrientes abirtamente antiderechos. La experiencia de otros países muestra que en estos partidos débiles es donde surgen más movimientos que coquetean con la extrema derecha. Y algunos datos deberían llamar nuestra atención: un 60% de la población piensa que el matrimonio solo debe ser entre un hombre y una mujer; solo un poco menos de la mitad (45%) creen que las parejas de homosexuales deberían poder adoptar; y la mitad de la población no está de acuerdo en que las mujeres puedan abortar. 

No significa que quienes están en desacuerdo sean de la extrema derecha. Significa que son un perfecto campo de cultivo para que la extrema derecha ponga sobre la mesa la pertinencia de ciertos derechos. Ya pasó en Estados Unidos con el derecho al aborto o la portación de armas. Esperemos no ser ingenuos: la extrema derecha toca a las puertas de la política y la sociedad mexicanas.

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