Una unión con el PAN. Un frente con el partido antagónico.

El movimiento del PRD es peligroso. Como en un juego de ajedrez, cede toda la iniciativa al rival con tal de conservar la reina y el rey. No se trata de ganar, sino de sobrevivir. El costo es alto y las probabilidades de éxito son escasas.

Pero su problema no son las alianzas, sino sus aliados.

En seis años, el PRD decidió cambiar la figura de López Obrador por la de un joven conservador que impulsa el partido con el que menos afinidad tiene. Ricardo Anaya, el dirigente de Acción Nacional, será quien encabece la alianza que forman el PRD, Movimiento Ciudadano y el PAN para ganar la presidencia. Como consuelo le han dejado al PRD la candidatura a Jefe de gobierno de la Ciudad de México, donde las encuestas auguran que Morena arrasará. Un regalo maldito.

No se trata sólo de que por primera vez el PRD tendrá un abanderado no perredista en su búsqueda por la presidencia, sino que resulta ser aliado principal de Peña Nieto durante una buena parte del sexenio, un adulador de Calderón y un ultra conservador que ha evadido toda discusión con tal de asumir la candidatura del Frente. El PRD se alió sin programa, sin agenda, sin ideología. Se ha tirado a los brazos de Anaya como Edipo en el altar de las Euménides: ciego y con la convicción de que ahí debe morir.

Pero el movimiento, el Frente, no es una causa, sino una consecuencia.

El PRD definió a sus aliados en los albores del sexenio de Peña Nieto. Fuera López Obrador de su partido, los dirigentes del PRD tomaron la medida más fácil y peligrosa: arroparse en los brazos del Presidente Peña Nieto. Muy poco obtuvieron a cambio.

El PRD apostó por Peña y a mitad de sexenio había perdido su identidad y sus electores. La sangría no pudo ser más dolorosa: uno a uno, sus antiguos dirigentes lo abandonaron y en el sol azteca sólo quedó la figura de Mancera como político imberbe y la de los Chuchos, como zopilotes menores que se alimentan de lo que algún día fue una opción política real.

Pueden culpar a López Obrador de dividir a la izquierda del país, pero también puede achacarse a sus dirigentes que no entendieron los nuevos tiempos: aquellos en los que las reformas estructurales no eran la panacea, pero sí la jaula que encerraba a todos los que ayudaron a su construcción. Por eso Peña Nieto los alabó y les endulzó el oído: una vez consumadas las reformas, la oposición se vería diluida. Las gubernaturas de los Estados y el Congreso federal muestran una sola realidad: en el sexenio más corrupto, el PRI ganó las elecciones federales intermedias y pudo retener la mayoría de gubernaturas en juego. La oposición, el PAN y el PRD, alguna responsabilidad tienen en este desastre. Hoy, juntos, en un frente sin pies ni cabeza, pero con dinero y publicidad, tratarán de convencer a los ciudadanos que ellos son distintos, por más que hasta hace tres días eran los mismos que reían y aprobaban lo que el Presidente les pedía.

Tarde entenderá el PRD lo que hoy sufren los partidos socialistas en Europa que, en una coyuntura singular, también se unieron a la derecha, democristiana o conservadora a secas. El partido socialista francés o el SPD alemán son algunos casos que tendría que mirar el PRD: fueron gobierno en coalición con la derecha y a cambio hicieron trizas su partido, su estructura, su electorado. Porque no siempre el fin justifica los medios: seis años en el poder pueden ser placenteros, pero son una ilusión maléfica: detrás se esconde el desdén de quien en algún momento apostó por un partido con agenda social y a cambio recibió una alianza. Una alianza por el poder, no una alianza para poder.

El PRD tarde lo entenderá.

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