Luis Miguel Barbosa es un animal político de indudable sagacidad. Ha sabido convertirse en un personaje importante dentro del PRD, y logró ganar la simpatía de López Obrador para encabezar la candidatura de Morena al gobierno del Estado de Puebla. Sin embargo, sigue siendo un misterio la razón por la que habría que preferirlo en lugar de otros aspirantes a la gubernatura.

Los puntos a favor de Barbosa vienen dados en términos negativos, de oposición, pero no en términos positivos, de personalidad o proyecto político del todavía senador. Su baza es el error ajeno. El senador finca sus opciones en el desgaste de las administraciones de Moreno Valle y Antonio Gali, aunque sus propuestas son más bien desconocidas. Una campaña desastrosa del grupo en el poder le abriría la posibilidad de acceder a Casa Puebla, aunque ese escenario es más bien remoto. Por eso es que Barbosa tiene pocas opciones de ganar.

Político de la vieja guardia, sumiso ante el presidente y ante el gobernador en turno, Barbosa ha demostrado ser un buen negociador político en el Congreso, pero eso es insuficiente para decir que gobernaría con visión del siglo XXI, porque el senador parece un político del siglo XIX que quiere operar en las cloacas y que gusta de ello, pero una gubernatura se gana con mucho más que simple negociaciones en las sombras.

Las razones por las que fue preferido en relación a otros sólo las sabe quien lo escogió: Andrés Manuel López Obrador. AMLO desdeñó el perfil fresco, más ciudadano, de Enrique Cárdenas, atacado una y otra vez por las plumas y micrófonos del morenogalicismo, pero que generaba en muchos ciudadanos la idea de un acercamiento entre la política y la ciudadanía.

Por supuesto que nada aseguraba que Cárdenas sería un buen candidato o un buen gobernante, pero de lo que podemos estar seguros es que el discurso de Barbosa y las formas de su acercamiento, sometimiento y negociación con el poder no son de esta época y son distintas a las de Cárdenas.

Además, con Barbosa hay una esquizofrenia electoral y política que hacen dudar de su viabilidad como político de confianza. Se ha movido camaleónicamente de la izquierda a la extrema derecha y de vuelta a la izquierda de forma desconcertante. Era amigo de Moreno Valle, lo adoraba, pero después lo vilipendiaba. Y así ha pasado con todos los políticos, incluido López Obrador.

El arribo de Barbosa a la contienda de 2018 sí tiene un gran perdedor: Morena. Una vez más, el partido de López Obrador pudo optar por un perfil distinto para su lucha por la gubernatura, y parece haber apostado a su peor cuadro. Lo que queda en el aire es si los errores de López Obrador al escoger a sus candidatos a Casa Puebla fueron fortuitos o tuvieron toda la intención de enviar al matadero a Quiroz (hace un par de años) y a Barbosa (en 2018)

De cara a la carrera presidencial, López Obrador ha dado un gran traspié en la entidad (una de las seis más importantes del país) porque Barbosa no sumará, sino restará. El perfil de El Ñoño (como se le conoce) es más cercano a la mafia del poder que al puritanismo vacuo que pregona AMLO y que sus seguidores creen. Barbosa está más cercano al priista setentero, que al socialista de principios de siglo. Con su decisión, AMLO define en gran medida el Estado al que aspira y, por más que las sirenas canten, Barbosa tendría que saber que López Obrador ni es sabio ni es perfecto, y que su decisión de favorecerlo no significa que el electorado lo hará el próximo año.

La incógnita es aún enorme: ¿Por qué votar por Barbosa? Ya bastantes veces se ha equivocado el electorado en este país por votarle a una opción con tal de que no llegue otra al poder, por lo que argumentar que habría que votar por Barbosa para evitar seis años más de morenogalicismo es una razón fatua. Martha Erika no puede ser principio y fin de una candidatura, sobre todo porque hasta hace poco Barbosa tenía más afinidades que desencuentros con el grupo en el poder. Hasta hace nada era uno de ellos, si no es que aún sigue siéndolo.

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