Se subieron desesperados al tren de la victoria. No saben qué victoria ni si el tren funciona, pero los reflectores y el acento francés los seducen. No podían esperar a analizar los escenarios, las razones, los discursos o sus consecuencias. Su sentencia fue dictada con la premura de su fobia: necesitamos un “Macron” que detenga al Peje. Su juicio es lapidario porque quieren un Mesías que detenga a otro de igual calibre. Temen al Peje, y alientan el rumor de que un “Macron mexicano” es la solución.

 

En su análisis no ven un sistema podrido, sino al buitre merodeando al niño que desfallece. Por eso piensan que un candidato ajeno a los partidos, que surja como opción de “centro” y, sobre todo, que se enfrente al Peje como cara opuesta al populismo del tabasqueño, es lo que el país necesita. Son los mismos periodistas, intelectuales y críticos que ya antes han dado grandes soluciones, pero que la realidad los ha desmentido.

 

Esos opinadores ansían un “Macron mexicano” que en 2018 detenga a AMLO. Piensan y afirman con creencia espartana que la llegada del tabasqueño es indeseable. Antes decían que Margarita Zavala era la solución. Luego voltearon al partidazo de siempre, pero la Casa Blanca, Ayotzinapa, Malinalco, Trump y la economía no auguran buenos resultados para el tricolor. Del PRD ya ni opinan: es un barco que naufraga con sus trompetistas tocando la música del presupuesto.

 

La experiencia, en cambio, los desmiente. Antes, el mal no era el Peje, sino el PRI. Había que sacarlo de Los Pinos. La caída del muro mexicano significaba la caída del PRI. Logrando una victoria basada en el hartazgo ciudadano y no en una fortaleza de los partidos de oposición, Fox llegó a la Presidencia. Ganó porque era mejor que hubiera alternancia a que no la hubiera, aunque nadie supiera cuál era su rumbo. Los resultados son conocidos. La experiencia muestra que frenar la llegada de alguien o expulsar a un grupo político puede ser un triunfo, pero es insuficiente.

 

Apostar por un “Macron mexicano” que conjugue los intereses de muchos pero, como ya se dijo antes, sobre todas las cosas logre parar al Peje, no es una solución a la crisis democrática (o de semidemocracia) que vive el país. Los detractores de López Obrador olvidan que el Peje es la válvula de escape, pero no el origen de los problemas. El tabasqueño puede ser populista, autoritario y conservador, pero si el electorado le vota no es por sus grandes virtudes, sino por las deficiencias de un sistema que muchos de los detractores del Peje se han encargado de alimentar.

 

Concedámosles la razón: que no llegue el Peje. Si esa es su pesadilla y esa es su preocupación, hagamos realidad su sueño: que no gane López Obrador. Pero, ¿qué pasará después? ¿Que haya un “Macron mexicano” significa que el sistema seguirá igual?

 

Lo que no parece entender una parte de la clase política es que el dilema está mal planteado. No se trata de si el Peje vence o no, sino de si el sistema cambia o no. Y el sistema mexicano, corrupto y desalentador, necesita un cambio. La figura puede ser una u otra. Detener a AMLO agradaría algunos, a otros enojaría, pero la política mexicana no se puede detener en ese binomio. Estancarse en ese debate es obviar que el bosque se quema; que el niño desfallece, no que el buitre merodea.

 

No necesitamos un “Macron mexicano” porque no necesitamos que se detenga a nadie. Necesitamos un rumbo político de país, que tiene que ver con algo más que si el Peje vence en 2018 o si el país prefiere negarle la silla presidencial. Después del Peje debe haber algo más. Y esa es la discusión que está omitiendo la clase política.

 

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