(El texto fue redactado antes del partido de fútbol México vs Inglaterra en la Copa Mundial de fútbol lo 2026)
Una cosa es un sueño y otra distinta que el camino andado para alcanzarlo sea el adecuado.
Pienso en la palabra desilusión cada vez que juega la selección mexicana en los mundiales de fútbol y las televisoras inflan a los jugadores mexicanos como si fuesen el Brasil de 1970.
Desde hace dos semanas ocurre de nuevo y los seguidores de la selección sufren una vez más el embate mediático sin cesar. La nueva idea, que se repite cada cuatro años, es que este equipo (el mexicano) puede llegar lejos en la copa del mundo de fútbol. Nada nuevo, salvo que en los dos últimos partidos “la selección” sí ha jugado mejor que en la mayoría de ocasiones en los grandes torneos.
Sin embargo, una cosa es jugar dos partidos de manera notable (especialmente los dieciseisavos de final contra Ecuador) y otra distinta es la idea de que la selección puede ser campeona del mundo, por encima de rivales como Francia, Argentina o España. El papel aguanta todo, y las televisoras vuelven a las andadas. Son los buitres del negocio.
¿Eso significa que no queremos que “el Tri” gane? Para nada. Sólo significa que debemos ser realistas. Ojalá este domingo la selección mexicana gane a Inglaterra el partido por los octavos de final, aunque es importante saber que si México llegara a semifinales o ganara la Copa del Mundo sería fantástico, pero no sería consecuencia de un trabajo de la federación o de los clubes mexicanos. Sería consecuencia de una alineación increíble de los astros, porque a día de hoy no existen elementos para confiar en que este equipo esté hecho para ganar la copa del mundo.
Es un equipo bueno, con jugadores que pueden dar buenos partidos, pero el proceso no ha sido el adecuado. Podemos ganar el mundial, llegar a cuartos o a semifinales, o a la final, pero lo que debe quedar claro es que no hemos hecho los deberes para trascender futbolísticamente. Podríamos hablar del fútbol o de otras muchas áreas. Podemos hablar de disminuir la pobreza o de mejorar la situación del campo o de la educación o del sistema de salud. Lo mismo pasa con la selección nacional de fútbol: puede ganar el partido de octavos, de cuartos o de semifinales, pero el proceso no ha sido el adecuado. Las televisoras inflan el ambiente y alientan la ilusión del aficionado, sólo que fuera del patrioterismo ingenuo, no hay razones sólidas para soñar.
Muchos queremos lo que dijo ese sabio del fútbol que fue Menotti (el hombre que dio un giro importante al fútbol en el país): queremos un equipo de fútbol que, cuando el hincha salga enojado del estadio porque perdieron, el amigo le diga: “bueno, pero jugamos bien”. Muchos preferiríamos que el proceso cambie, que el fútbol -o el área de la que se quiera hablar-, cambie en este país. Y que, aunque el resultado no sea favorable, podamos decir, al estilo del amigo en el ejemplo de Menotti, “pero jugamos bien”. Porque los procesos importan más que los resultados. No significa quitarle la ilusión a millones de personas: significa darle un piso firme a ese sueño. De lo contrario, será lo mismo de siempre: una constante desilusión alentada por los buitres de este negocio y por el sueño de quienes aman este deporte.
Con ello en mente, sería una gran alegría que el equipo representativo del país pueda avanzar en la copa del mundo. Entiendo que la ilusión de muchos (de obtener el resultado deseado) es independiente de los procesos. Eso retrata a este país en todo su esplendor; para bien y para mal. En el fútbol y en otras muchas áreas.