Los agoreros de la catástrofe han vuelto a fallar. En cada decisión importante de la Suprema Corte nos jugamos la república. En cada decisión, «el dictador» (Lopez Obrador) está a punto de apoderarse de la Corte y maniatar a los ministros que la integran.

Sin embargo, la Corte da muestras de que puede tener aciertos y yerros. Y muestra que está integrada de once personas con intereses. Algunos alinean sus intereses a los del gobierno, pero otros no tanto, aunque en ocasiones coinciden con él.

Esos mismos agoreros se sorprendían porque desde Palacio Nacional se impulsaba la candidatura de alguna ministra. Un poco de memoria podría recordarles que Peña y Calderón no solo influyeron, sino configuraron -en gran parte- a la actual Suprema Corte de la Nación. Para muestra, un botón: siete de los once ministros fueron designados por los dos últimos expresidentes. Por si no fuera suficiente, algunos de esos ministros han votado a favor del gobierno en casos clave, y no así los ministros que fueron propuestos por el actual gobierno (me refiero a Margarita Ríos Farjat y al Ministro Carrancá). No se trata de traiciones o sumisiones, sino de intereses. La Suprema Corte tiene sus propias inercias y en ocasiones vota con el gobierno, aunque a veces se aleja de su voluntad.

La elección de Norma Piña como ministra presidenta de la corte es un resultado que deja a todos -o a casi todos- en paz. Quienes apostaron por la candidatura del Ministro Ortíz Mena se pueden sentir satisfechos: su poder en la Corte es enorme y, tal vez, con haber mostrado el músculo de quedarse a un voto de ganar es suficiente para que el gobierno los deje en paz y los mire con menos beligerancia: los necesita, al menos en parte, para que sus leyes, decretos y decisiones no se topen con la fuerza conservadora de la Corte. La razón no es la votación, sino la conformación de las salas: el ala conservadora de la Corte tendrá mayoría en las salas de la Corte, considerando que la ministra Piña no formará parte de las mismas.

Asimismo, a pesar de que su candidata no resultó ganadora, el gobierno no se sentirá incómodo con la presidencia de la ministra Piña: al menos dos de los cuatro ministros impulsados por Lopez Obrador votaron por la ahora ministra presidenta, y solo así logró ganar. El peor escenario para AMLO era el arribo de un ministro del ala conservadora, ya fuera Ortíz Mena, Pérez Dayán o Laynez. Si bien Piña ha sido renuente a apoyar los intereses del gobierno, no tendrá una presidencia que confronte al gobierno, sino que -se entiende- impulsará la agenda feminista desde una Corte que ha sido punta de lanza en temas como el aborto.

La ministra Piña lo señaló de manera atinada: el proceso para elegirla fue complicado. En medio del golpeteo contra Yazmín Esquivel, mejor conocida como la ministra plagiaria, la Corte también recibía golpes por verse como un refugio de personajes poco gratos: Esquivel, por supuesto, pero también hubo críticas duras contra Ortíz Mena y recuerdos de Medina Mora. La fama de la Corte está en riesgo y más vale bajar los decibelios para que los jueces puedan desempeñar sus funciones. Ese será el punto en el cual se enfocará Norma Piña, quien proviene de la carrera judicial y es una jurista que acude a los medios pero no vive en ellos: la Corte debe alejarse del ruido.

Ya de por sí son complicadas las decisiones que toma la Corte: si los ministros insisten en ponerse en el centro del debate, la (buena) fama de la Corte mexicana puede venirse abajo en cuestión de meses. Los ministros mexicanos conocen perfectamente el caso de la Suprema Corte de los Estados Unidos de América: sus decisiones y el golpeteo contra sus integrantes han originado lo impensable hasta hace unos años: que la Corte no cuente con el respaldo ciudadano. Norma Piña lo sabe y buscará que eso no pase en la Corte mexicana. Se alejará del ruido. Volverá a las fórmulas tradicionales: que la Corte hable con sus sentencias. En sí, ese solo movimiento hará que veamos una corte distinta a la del ministro Zaldívar. Eso no cambiará el fondo de las discusiones al interior de la Corte: hay jueces más conservadores que otros y a ratos una mayoría de ministros que alinean sus intereses con los del gobierno.

Nada cambia en la Corte. Ni siquiera los agoreros que siempre presagian una gran tormenta, como en la canción de Dylan. Pero la tormenta no termina por caer.

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