Si el presidente inauguró una refinería que procesará petróleo crudo y lo convertirá en la gasolina que se consume en el país (en mayor o menor porcentaje) no es una mala noticia. 

Que no esté lista para funcionar es criticable: AMLO no ha comprendido que la sociedad mexicana está harta de las manipulaciones y que no es bien visto inaugurar algo que no está listo para operar. ¿Por qué no esperar ocho o diez meses para presumir que se tiene una refinería, que se procesa el crudo y que funciona? La respuesta está en los tiempos: los tiempos actuales son los del presidente y él dijo que estaría lista ese día, aunque en la realidad no lo esté. Hay un buen avance, pero ni una gota de crudo se refinará en los próximos meses. La cautela y la rectificación son buenas consejeras, pero son enemigas del presidente. 

En todo este embrollo, el discurso es lo que está en juego. Y la oposición no encuentra la fórmula para adueñarse del discurso que le permita mostrar las carencias de este gobierno; sus yerros. 

En el gobierno de AMLO los resultados son malos en casi todo: en seguridad, empleo, economía, pandemia o inversión, pero lo que no tiene la oposición es un discurso. Si López Obrador llegó al poder por prometer una lucha contra la mafia del poder, la oposición no le ganará a las huestes de AMLO si no deja de centrar en el político tabasqueño su lucha, o al menos de encararlo de la forma vacua que lo ha hecho. 

AMLO es como Donald Trump para los republicanos: puede escandalizar sus declaraciones, pero su apoyo no ha disminuido en cuatro años. Así, señalar que todo en este gobierno está mal no es redituable. En todo caso, la oposición necesita rebasar a AMLO con ideas que lo confronten con la sociedad y que signifiquen desarrollo, libertades, derechos y oportunidades. Poner sobre la mesa que queremos un estado más laico, más republicano, con mayores impuestos para los más ricos y menos impuestos para los que menos tienen, que los derechos de las minorías serán garantizados, que habrá empleo y seguro de desempleo, que se procesarán a los responsables del saqueo al Estado (cualquiera que sea el partido), que los jóvenes tendrán una pensión cuando sean mayores, que los cambios energéticos y de telecomunicaciones que se necesitan pueden lograrse sin beneficiar a las transnacionales de siempre o que necesitamos nuevos líderes políticos y empresarios, y que la oposición los impulsará.

Por desgracia, mientras los partidos opositores sigan cerrados a ser democráticos en su vida interna y sigan aferrándose a las instituciones que conformaron, sin afán de reformarlas, es difícil que le ganen el discurso a López Obrador. Y esa dificultad se agrava si no están dispuestos a criticar todo.

Un ejemplo: este viernes, al inaugurar la refinería Olmeda, en Dos Bocas, el presidente elogió a Carlos Slim. ¡A Carlos Slim! El presidente se está colocando en el espacio del status quo. Defiende sin modificaciones su estrategia de seguridad, defiende a Bartlett, defiende a Gertz, defiende un modelo energético cuestionable, y la oposición es incapaz de identificarlo con el conservadurismo. Ni una palabra contra el empresario más beneficiado por el gobierno, cualquiera que sea su color. La oportunidad desperdiciada.

Se trata del discurso y también de los hechos. Si el presidente se ha negado a procesar a Peña, Videgaray, Nuño, Meade, Calderón, Salinas Pliego y Slim, se está convirtiendo en uno más de ellos: perpetúa un modelo de impunidad, a pesar de la Estela de Luz, una refinería (la de Tula) que fue solo una barda, la Casa Blanca de Peña, la Estafa Maestra, los millones que adeuda al SAT Salinas Pliego o la Línea 12 del metro construida por Slim.

La oposición debe dar el paso y señalarlo como conservador, confrontarlo con la sociedad, con firmeza, pero sin estridencias, aunque para eso debe dejar de lado sus grilletes, su elitismo, su desdén por el pueblo: ese vínculo forjado con el calor de la impunidad y la corrupción que le impide refundarse. La oposición debe asumir su responsabilidad en esta catástrofe (sobre todo en materia de seguridad) y mostrarse bajo un manto de mea culpa, pero al mismo tiempo estar dispuesta a modernizarse y democratizarse, lo que en todo caso requiere un recambio generacional y una reforma de sus instituciones. 

Tal vez sea mucho pedir a una oposición que está centrada en repartirse las migajas del poder, pero que grita a los cuatro vientos que esto es un régimen autoritario. Siempre apelan a que este régimen es más autoritario de lo que era cuando ellos gobernaban. Y es ahí, en ese punto de autoritarismo, donde todo se vuelve dudoso. Es la duda de si en verdad tendremos que volver al pasado. En ese espacio de duda los ciudadanos estamos frente a un modelo malo y otro peor: por desgracia, cualquiera que sea la preferencia del electorado, el panorama no es alentador.

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