Es impactante el asesinato de dos sacerdotes porque, aunque hemos normalizado la violencia y sus atroces resultados, pensamos que existen límites infranqueables y que el crimen organizado los respetará. Y no es así: la violencia alcanza incluso a aquellos que creíamos intocables.

Nadie está a salvo y nos espanta porque nos reconocemos aún más vulnerables. Lo mismo ha pasado con periodistas, activistas, abogados, médicos, candidatos, agricultores y un etcétera inimaginable. ¿Por qué dos sacerdotes son distintos a los cientos de miles de mexicanos que han perdido la vida? No porque su vida valga más, sino porque creíamos que con ellos no se “meterían”; pensamos que a ellos los cubría la frontera de lo religioso y que en ese ámbito no habría conflicto. Ingenuos somos. El asesinato de dos jesuitas demuestra que, cuando se trata de pelear una plaza, de exterminar a quienes representan obstáculos, no existe límte alguno. Para efectos de la realidad mexicana, el hábito no protege al monje; no lo distingue; todos somos carne de cañón.

No tendría que sorprendernos, pero somos un pueblo con mala memoria. Hace casi tres décadas fue asesinado Juan Jesús Posadas Ocampo, entonces arzobispo de la capital de Jalisco. Hasta la fecha no queda claro si fue un homicio premeditado o el cardenal fue víctima colateral de una batalla del viejo oeste entre el Chapo Guzmán y los Arellano Félix. 

Estas dudas no existen en la trama de los jesuitas asesinados en Chihuahua: un criminal los asesinó porque es el amo y señor del pueblo, y porque el Estado y sus normas no existen. Esa constante se repite en un creciente número de regiones donde el Estado está ausente y el crimen organizado manda. La ilusión presidencial de que si reina un solo grupo criminal disminuye la violencia, solo es entendible si la violencia se mide en términos de homicidios. La realidad muestra un México distinto: la extorsión es creciente y no importa si un grupo manda o la plaza se la pelean dos o más agrupaciones del crimen organizado. Ya no se trata solamente del control de una ciudad para el manejo del comercio de drogas, sino también para extorsionar, secuestrar y comerciar con gasolina y gas obtenidos ilícitamente. Es un negocio redondo donde el Estado ha decidido ser testigo. El gobierno refuta que está combatiendo las cusas (la desigualdad y falta de oportunidades), pero olvida que a la par de ofrecer abrazos debe contener una hemorragia producida por los balazos. No puedes querer sanar psicológicamente a un paciente mientras se desangra. Lo uno no excluye lo otro.

Ante esa realidad, la población pone los muertos o asume los costos: paga con su vida o se rinde ante el mandamás del pueblo. Es el imperio de las balas. 

Tiempo extra: La Suprema Corte norteamericana desconoció el derecho constitucional a abortar. Se trata de un mazazo en contra de las mujeres estadounidenses, pero la mayoría conservadora, de la de por sí conservadora Corte, no tuvo miramientos: quiso virar y decir que la constitución no dice lo que antes dijeron que decía. Resulta trascendente porque se trata de la corte más influyente en el mundo. 

Menciono tres lecciones que se abordarán con mayor profundidad en este espacio: 

1) al cambiar la composición de la corte cambian sus criterios. Una lección nada desdeñable para los países latinoamericanos y para quienes creen que las cortes deben tener grandes poderes;

 2) vivimos un periodo donde la moral del siglo XIX quiere imponerse en el siglo XXI. Nada tan ilustrativo como la estupenda novela de Margaret Atwood, El cuento de la criada, y las consecuencias de normalizar el discurso de la extrema derecha. En este sentido, el papel de los medios es crucial. (Dato curioso: tantos medios mexicanos (nacionales y locales) indignados y con una gran cobertura por la decisión del tribunal estadounidense, pero tan poco afectos a cubrir y criticar la escasa regulación del aborto en México);

3) se equivocan quienes creían que los derechos reconocidos por una corte eran tierra firme: la derecha está dispuesta a escupir sobre la tumba de quienes apoyan el aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo o la adopción entre parejas de homosexuales. El mensaje es espeluznante: es una guerra moral y no importa si las afectadas por ciertas decisiones son las mujeres; su cuerpo, según el discurso de extrema derecha, debe estar sometido a la ideología y a la fe. 

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