La lectura fácil atina a decir que el populismo avanza en América Latina con la elección de Petro en Colombia, pero olvida que también los “demócratas” hacen guerras, manipulan tribunales y arrasan instituciones (Obama, Clinton, Bush, Blair, Aznar y tanto otros ejemplos). 

La elección de Petro no hace ni mejor ni peor a la región, aunque marca un viento nuevo en una zona descompuesta a partir del golpe de Estado en Honduras y la muerte de Chávez.

América Latina gira a la izquierda porque es la opción que le ofrece acabar con la desigualdad, por más vaga que parezca su oferta. Ello no significa que la seguridad pública y el Estado de derecho estén presentes en sociedades complejas y con grandes niveles de corrupción e impunidad. Habiendo convivido con la inseguridad, el crimen organizado, la ausencia de políticas públicas a favor de los más pobres y la voracidad de las élites, la izquierda sigue ofreciendo la esperanza de mayores oportunidades para la población. Todo puede estar mal, pero no puede estar peor. 

No se trata de ninguna panacea. Mientras no se construyan instituciones que garanticen la aplicación de las normas y la convivencia pacífica de los ciudadanos, nos enfrentamos a luchas donde reinará quien ofrezca un poco de esperanza, y ya sabemos que la extrema derecha (Bolsonaro, por ejemplo) puede ocupar esa posición.

A todos conviene el éxito de los gobiernos que ofrecen políticas más igualitarias en América Latina. Sin embargo, una buena parte de la población espera todo lo contrario y estará dispuesta a lanzarse a los brazos de la extrema derecha en las próximas elecciones, llámese en Bolivia, México, Ecuador, Chile, Perú o Colombia. 

El futuro es incierto en todos estos países no solo por el populismo de sus presidentes, sino por los retos que enfrentan y los factores externos que apuestan a su fracaso. Muchos de quienes se asumen como liberales terminan envolviéndose en causas poco democráticas con tal de vencer a estos populismos que pueden tener mayor o menor rumbo, pero que muestran el hartazgo y la ruta de izquierda (más allá del populismo) que ofrecen los movimientos que han llevado a sus presidentes al poder y que aspiran a construir países más igualitarios y democráticos.

Nadie duda que los discursos de Boric, López Obrador, Petro y compañía resulten esperanzadores y vacuos a la vez. Tampoco nos debe extrañar demasiado ni asustarnos: el doble rasero de los pensadores liberales olvida que el mayor populista en lo que va del siglo XXI se llama Barack Obama. ¿Algo más populista que un “Yes, we can”? ¿Qué es lo que podemos? ¿Quiénes podemos? ¿Todos podemos? Si añadimos como respuestas el golpe de Estado en Honduras, los desastres humanitarios Siria, Libia y Afganistán, el paladín de los liberales parece salir muy mal parado en comparación con lo que arrojen los gobiernos de México, Chile, Ecuador, Colombia y Bolivia, por mencionar algunos, a quienes pronto se les unirá Lula en su segundo mandato. 

La gran duda es cómo saldrá de Latinoamérica de este periodo. La respuesta de los odiadores de AMLO es obvia, tanto como si se les preguntara a sus aduladores. No obstante, la cuestión no es tan negra ni tan blanca. Latinoamérica puede construir estados más fuertes y democráticos. El mayor peligro es que desemboque en sociedades más desiguales porque, entonces, el encanto por la propuesta de “izquierda” e igualitaria desaparecerá y presenciaremos el reino de los fascistas enarbolando la bandera del liberalismo y la democracia. Nuevos Bolsonaros, Uribes, Macris, Piñeras y… Calderones. Nuevos alfiles de Trump. Y el desencanto se transformará en mayores autoritarismos. Lo de hoy, pero peor.

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