Quienes en Acción Nacional declaran que Morena es el viejo PRI, tratando de descalificar los triunfos del partido de López Obrador, olvidan su alianza con el PRI, la alianza de los partidos antes antagónicos y ahora hermanos. No es una simple coalición, sino el eje primordial que ha determinado las elecciones en los últimos dos años, porque al unirse el PAN y el PRI facilitaron la disyuntiva que AMLO ha puesto siempre sobre la mesa: “nosotros” (Morena) o el pasado de corrupción del tricolor y los panistas. Todos conocemos el resultado: en los últimos doce meses la alianza PRI y PAN ha perdido la mitad de las gubernaturas del país. 

Parece fácil decirlo, pero comprenderlo es un tanto más complicado: el PRI o el PAN gobernaban quince de las gubernaturas que Morena ganó en las elecciones de 2021 y 2022. Por grande que sea la maquinaria del partido de AMLO, no se puede gobernar quince estados y decir que se perdieron porque el presidente utiliza programas sociales o porque te amenazaron o porque el narcotráfico intervino. Todo lo anterior puede ser cierto, pero también lo es que hay un repudio de ese electorado hacia la propuesta del PRI y del PAN o, visto de otra forma, que la alianza del PRIAN ha sido incapaz de movilizar al electorado contrario a López Obrador. 

Tras una pandemia, tres años de ejercicio en el poder y una economía en serios problemas, el resultado benefició a Morena. Mejor escenario no pudo tener la oposición y aún así la mitad del país fue a parar a manos del partido que hasta hace siete años no existía electoralmente.

Que discursivamente se hayan puesto la misma camiseta convierte las elecciones en una disyuntiva de si “aún” se confía en Morena o se mira al pasado -sin saber para qué, porque el PRI y el PAN no proponen otra cosa que ser oposición, como si sus vestiduras fueran puras y bastara mostrar su logotipo para proponer una solución a los problemas que enfrenta el país y que el gobierno de AMLO es incapaz de solucionar. Hasta el momento, aunque no con la misma fuerza que en 2018, los electores siguen prefiriendo dar un voto de confianza al partido de López Obrador.

Que el PRI y el PAN hayan sido incapaces de movilizar o atraer al voto contrario al partido de AMLO dice más que los logros que Alito y Marko Cortés quieren presumir. Se trata de un presidente que ha dado la espalda a los pequeños comerciantes y empresarios, a la clase media, a los inversionistas, a los contribuyentes. A pesar de todo ello, le arrebata la mitad de las gubernaturas a sus opositores. No es una mera cuestión electoral: es que en el infierno, el electorado ha optado por un mal menor. El cáncer del PRI y del PAN está lejos de ser atractivo, moderno, incluyente y democrático. No puede serlo: por más que los dirigentes menosprecien la idea, una buena parte de la población sigue pensando que la situación actual del país es responsabilidad de los partidos que hoy se presentan unidos, y que unidos caminaron desde que Salinas gobernaba.

Mención especial merecen los líderes de los partidos que impulsan la alianza, personajes más cercanos a Pinky y Cerebro que a dos estadistas tratando se asaltar el palacio que gobierna “el tirano”, como lo llaman. Son dos líderes que apuestan por conservar sus privilegios, por navegar en un mar turbulento, pero que no se dan cuenta que han unido sus esfuerzos en un buque con boquetes. Parten de la premisa falsa de que juntos suman, cuando en realidad juntos ocupan un espacio del espectro político que no los hace sumar, sino estorbarse. Si a eso añadimos que el PRD está viviendo sus horas finales y se muestran como la alianza de partidos históricos contra el lopezobradorismo, la mesa está puesta para el populismo en sus múltiples versiones, todas ellas muy alejadas del ideal democrático. Es una lucha del pasado contra el presente y, hasta ahora, los desaciertos del gobierno/movimiento de AMLO son aún insuficientes para que el electorado le dé la espalda en las elecciones al partido del presidente y favorezca a quienes se ofrecen como solución (sin más) habiendo gobernado juntos durante treinta años (1988-2018) previos a Morena.

La tragedia de la alianza es tal, que la crítica al interior de los partidos no es impulsada por personajes jóvenes o políticos de altura que quieran mostrar una faceta distinta de los partidos, sino de personajes identificados con corrupción, ineficiencia y abuso del poder. Por ejemplo, que en el PRI sean antiguos líderes del partido (como Roberto Madrazo) quienes traten de impulsar cambios en el partido o que en el PAN solo un expresidente del partido alce la voz para llamar a la reflexión, y los foxistas y calderonistas solo atinen a insistir en la pertinencia de la alianza, demuestra que a la oposición le esperan meses turbios. Su Waterloo será en 2024, pero ya en 2023 le asestarán un golpe descomunal cuando Morena gane el Estado de México. Nada está escrito en política, pero a pesar de un escenario desfavorable en lo económico, con inseguridad, con los resultados mortales de una pandemia afectando a toda la sociedad, no se ve por qué el partido del presidente no gane el estado más importante electoralmente hablando, si la oposición insiste en vivir en el caos.

Cierta decisión puede ilustrar todo lo que aquí se ha expresado: en cualquier país democrático, cuando hay un varapalo electoral (perder la mitad de gubernaturas del país puede considerarse tal), los perdedores, los líderes de los partidos, toman sus cosas y se retiran. La decencia política invita a ceder el lugar a quienes lo pueden hacer mejor; a rostros que puedan ofrecer una imagen e ideas nuevas para atraer al electorado que no le ha favorecido. Eso no pasa con el PRI y con el PAN después de perder 15 gubernaturas: Alito y Marko Cortés han presumido en los últimos días que la alianza es un éxito; que evitó males mayores y que seguirán unidos. Son el capitán del Titanic que presume la fortaleza de su barco cuando acaba de chocar con un icerberg. Ocho músicos tocan a lo lejos; es la Wallace Hartley Band. “Nearer, My God, Thee” resuena en la vida de una alianza. 

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