La muerte de la democracia

Desde el año 2004 entramos en una espiral peligrosa, que nos ha llevado a venerar las instituciones sin reconocer que son operadas por personas, quienes en muchos casos solo se preocupan por sus intereses y sus bolsillos. 

Las instituciones son importantes, pero en las manos inadecuadas perecen. 

En un estupendo libro, “La muerte de la democracia”, Benjamin Carter Hett narra la caída de la República de Weimar, en Alemania, suceso histórico que ha sido mitificado, y en el que Carter Hett trata de apegarse a los hechos sin linchar o santificar a todos quienes hicieron posible el colapso de la república alemana posterior a la Primer Guerra Mundial. Uno de los mitos que siempre se ha considerado vital para entender ese periodo Alemán, entre el fin de la Primera Guerra Mundial, el ascenso del nazismo y la Segunda Guerra Mundial, ha sido la supuesta humillación y dificultad que implicaban los Tratados de Versalles para el pueblo y gobierno alemanes. Carter Hett evidencia que ese mito fue difundido por el nazismo, porque le convenía para erosionar al gobierno alemán y ascender popularmente, pero que de ninguna manera puede seguirse tomando como un argumento serio. El mito fue un instrumento para matar a la democracia alemana.

En México, el mito sobre el que está basada la lucha de elites populistas que presenciamos hoy en día, consiste en aseverar que lo nuestro es una democracia. No quiero decir que haya que menospreciar los esfuerzos de miles de mexicanos por crear elecciones justas, con opciones políticas serias; pero eso no implica que llamarlo democracia  sea una ilusión.

Bajo ningún aspecto se trata de minimizar los esfuerzos de décadas por tener elecciones limpias y democráticas, pero aceptar que, aunque desde el año 2000 hayamos tenido alternancia en gobiernos federal y estatales, eso no hace sino que el sistema electoral del país pueda parecer confiable, pero está lejos de ser una democracia. 70 millones de mexicanos son pobres, la mitad de quienes trabajan lo hacen en la informalidad, miles de mujeres sufren abusos todos los días, contamos los muertos con desidia, a pesar de que alcanzan cifras de países en guerra, y la impunidad y la corrupción son las verdaderas reinas del palacio. ¿Es un reduccionismo afirmar que no existe democracia en este país? Puede serlo, pero es menos dañino que pensar que con los datos de la realidad mexicana podamos presumir que lo nuestro es una democracia.

Eso no significa darle la razón a bando alguno de quienes se disputan el manejo de los recursos públicos y la administración de proyectos millonarios (es decir, el gobierno), y a quienes eufemísticamente hemos llamado nuestros representantes. Asumir que no vivimos en una democracia y que si acaso la estamos construyendo, podría ser un buen inicio para desmitificar que unos la están destruyendo y otros son los héroes que la salvarán. La clase política no se ha percatado que, mientras ellos se disputan un botín, el ciudadano sufre todos los días y poco confía en ellos. Por ejemplo, el presidente de la República cree que por ser popular su gobierno es más eficaz, menos corrupto y las instituciones de su gobierno son mejores. El gobernador de Puebla, por ejemplo, cree que puede salir a afirmar que las tomas clandestinas para robar gas o gasolina han desaparecido, pero una explosión hace volar por los aires su poca credibilidad. La oposición puede asumirse como defensora irrestricta de derechos, aunque olvida que hace apenas quince años inició una “guerra” absurda contra los cárteles de la droga, que benefició a uno de ellos y perjudicó a millones de ciudadanos.

El mito de nuestra clase política es que vivimos en una democracia. Eso no quita que debamos fortalecer las instituciones del Estado para seguir en el camino de construir esa democracia; eso no quita que debamos combatir a quienes en distintos bandos minan los esfuerzos de los millones que en su mayoría quieren construir y construyen poco a poco un mejor país. Pero engañarnos no es una buena idea: porque lo único que ganamos en ese discurso falso es que unos u otros tomen banderas que no les corresponde, y que se sientan defensores de algo que no han construido o edificadores de algo que, con sus acciones, están lejos de construir. 

Los populismos de derecha y de izquierda se nutren de mitos; bien haríamos en dejar de alimentar el mito mexicano por excelencia desde hace 25 años. No vivimos en una democracia.

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