El discurso importa

Una de las razones de la polarización actual en el país tiene que ver con el manejo facilón del discurso en contra de los adversarios políticos. El presidente señala de corruptos y neoliberales a sus adversarios, y estos le endilgan el carácter de populista y autoritario. Faltan matices y ahí nos hemos perdido. Estamos llegando al punto donde incluso se indagan las afinidades políticas de los amigos y los epitetos se sueltan sin mayor rubor. Quienes señalan a unos y otros ignoran que el problema no es de un grupo en particular, sino de la ausencia de Estado. Esa ausencia la sufriremos todos y todos la pagaremos. Los discursos importan, faltaba más, y su importancia es mayúscula si con ellos se juzga el pasado y se construye un Estado fuerte, que proteja al ciudadano y que garantice las condiciones para su desarrollo.

Dos casos llaman mi atención y los dos tienen que ver con la Ciudad de México: el dictamen sobre el colapso de una línea del metro de la capital del país y las declaraciones de la jefa de gobierno tras su asistencia a toma de protesta de la hija de Salgado Macedonio como gobernadora de Guerrero.

Por lo que respecta al metro y la muerte de 26 personas y cientos de heridos, el cinismo de la fiscalía capitalina es enorme: fue error en la construcción, dicen. La consecuencia es “menor”: el ingeniero Slim reconstruirá el tramo, dos o tres chivos expiatorios irán a la cárcel por no supervisar la obra, pero la espada de la justicia no alcanzará a ningún político y mucho menos a la empresa que la construyó. “Ya cumplimos”; “Nosotros sí investigamos”. ¿Es suficiente con todas esas afirmaciones? La oposición tampoco ve el problema: jura que eso pasa por querer hacer las cosas rápido y construir una obra así en un tiempo tan corto. No se dan cuenta que su revisión del pasado es grosera: no lo miran para construir un mejor país, donde no haya impunidad, corrupción o incapacidad de la autoridad. Lo quieren para exculparse unos y culpar a otros; para decir: no es culpa de esta administración, sino de esta otra. Si la constructora puede seguir operando, si los políticos involucrados  no se sientan en el banquillo de los acusados frente a un juez, si no se pone en el centro a las víctimas (todos los capitalinos) de esta tragedia, ¿cómo afirmar que unos u otros tienen razón?

Y pasa lo mismo con la hija de Macedonio: puede haber decenas de señales de abusos sexuales por parte del senador, pero lo importante es que su hija ya es gobernadora y la jefa de gobierno usa maquiavélicamente la lucha feminista para tratar de reconocer los méritos de quién no los tiene: su única virtud es tener un determinado apellido. 

Es más fácil achacar el carácter de machista a quienes critican la llegada a la gubernatura de una títere, que asumir la responsabilidad de un partido de postular a la hija de un personaje tan discutido, en lugar de mirar hacia sus militantes sin desdén. Al igual que sus adversarios, miran al electorado y a los militantes de los partidos como una masa acrítica y boba, que no tiene memoria. Estamos hablando del mismo estado de Aguas Blancas, Ayotzinapa y Lucio Cabañas. En ese mismo espacio, la respuesta sigue siendo poca democracia y un discurso sin fortalecimiento del Estado. No se podrá fortalecer al Estado mientras sigamos mintiendo, porque los discursos siguen usándose sin matices y sin un afán revisionista crítico. Lo único que importa es golpear al adversario, interno o externo. Por eso, la jefa de gobierno llama machistas a quienes, precisamente, critican el machismo de su partido al imponer a la hija de Macedonio y creer que así se abren espacios a las mujeres y se atacan los problemas de fondo: su falta de oportunidades en un sistema con muchos Macedonios.

No es el neoliberalismo el que ataca el presidente; no es el populismo el que ataca el PAN; no es el autoritarairsmo y cacicazgo el problema de Movimiento Ciudadano, ni es el presidencialismo el problema del PRI. En su conjunto, todos señalan y discuten, pero ninguno asume. Ninguno es capaz de criticar y señalar para construir. Por el contrario: miran las acciones del pasado y las propuestas del presente para destruir. Son verdaderos kamikazes. No están dispuestos a negociar en campo abierto sus posiciones políticas. Están dispuestos a vociferar sin más y negociar en la oscuridad; por eso Bartlett está en el gabinete, el PAN tiene a Calderón y  Fox como populistas de primer orden, Movimiento Ciudadano es liderado por Alfaro y Dante o el PRI sigue siendo el partido que vive de las señales del Ejecutivo en turno. 

Los discursos de la democracia importan y son distintos de los calificativos que los integrantes de la clase política mexicana se endilgan sin rubor; distintos de la propaganda barata que los políticos mexicanos venden y que muchos comprarán. Los discursos importan y ahora están ausentes, entre tantos tiburores, en este inmenso mar

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