Después de la muerte de los Moreno Valle, se sabe lo que su círculo negaba pero que era evidente: su imperio estaba construido sin pilares fuertes. El Agusta en el que murieron simboliza el inicio de una hecatombe donde los daños colaterales están aún por conocerse en toda su extensión.

¿Cómo se pudo fraguar un imperio tan frágil, pero tan autoritario?

La respuesta sólo puede ser una: a partir del dinero y del miedo. El primero ayudaba a comprar a una parte de la sociedad; el segundo permitía cohesionarlos con la promesa del dinero antes citado. Doy, pero también quito.

Durante el Morenovallismo no hubo oposición política, aunque hubo grupos que lo enfrentaron en dos planos: en lo mediático y como sociedad civil. Es una generalidad -siempre indeseable- decir que no hubo oposición política, pero la coyuntura así lo permitió: Rafael Moreno Valle fue un político que logró negociar lo necesario para llegar a casa Puebla con un triunfo contundente en las urnas. Y el sello del Morenovallismo fue que la oposición estuvo a sus pies. No es extraño: siempre que la oposición no tiene intereses y convicciones distintas al grupo en el poder, cede ante el encanto del dinero (y del miedo) que el gobernante en turno proporciona.

Sin embargo, una oposición real era necesaria, pero Rafael no lo entendió: pensó que en la uniformidad se crecía, cuando la Historia muestra que en los disensos se fraguan los grandes movimientos. Por eso, lo que no hubo con Moreno Valle, Gali y Alonso fue transformación. El régimen siguió siendo el mismo: las elecciones se ganaban o perdían con dinero y estructura estatal (estructura del miedo). En el momento en el que los morenovallistas perdieron el control de su estructura estatal y el control presupuestario, dejaron la plaza. Dos actos simbolizan esa rendición morenovallista a partir de la pérdida del poder: las renuncias de Luis Banck y de Eukid Castañón. En otras palabras, el Morenovallismo supo arribar al poder en 2010, pero una vez perdido no supo cómo recuperarlo. La huida fue su símbolo. Sin su jefe, sin su guía, el Morenovallismo murió y huyó. Sus periodistas podrán escribir mil loas a sus héroes caídos en el Agusta o alejados de la política después de la pérdida de sus líderes, pero saben bien que no son los valientes que siempre dijeron ser: son los desahuciados que se negaron a pelear por lo que un día les perteneció.

Sin dinero y sin miedo, el Morenovallismo fue nada. El dinero no era suyo, sino del presupuesto (¿o me equivoco?) y el miedo se los daba el poder. Cuando no hubo lo primero, lo segundo no tuvo sentido.

El Morenovallismo fue incapaz de crear esperanza. Tampoco pudo generar adhesiones sin intereses económicos. Sus aliados los abandonaron en cuanto su poder económico se resquebrajó. Rafael no supo formar un grupo político y no supo negociar sin pisotear. Por eso, sus escribanos omiten la mitad de la historia; esa que dicta que Rafael fue un buen negociador con presupuesto; un buen negociador sin presupuesto, pero un gobernante pésimo porque gobernó a partir del presupuesto y sólo hasta donde el presupuesto le dictada. Lo demás, es cierto, puede ser que en la práctica no sirva, pero habla del tamaño del demócrata.

El Morenovallismo huyó porque sin dinero no hubo nada que hacer. Los negocios eran su sello, su razón última. Caído el Agusta, los negocios del imperio se tambalearon. Y los inversores siempre saben huir de las turbulencias antes de perder todo en la adversidad. El Morenovallismo y sus inversores huyeron. Y solo queda un paisaje desolador: son las llamas del Agusta, y de lo que un día pudo ser una esperanza

 

* Publicado el 26 de febrero en Ladobe.com.mx y El Sol de Puebla

 

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