¿Alianzas-obstáculos?

El Partido de la Revolución Democrática (PRD) ha propuesto crear un Frente que saque al PRI de Los Pinos. Se trata de una alianza para ganar la elección de 2018 y su hipotético aliado es el Partido Acción Nacional (PAN). Tanto el PRD como el PAN buscan reeditar la elección del año 2000 en la que el objetivo era lograr una transición democrática a partir de la llegada de un partido distinto al tricolor.

Sin embargo, el escenario de 2018 no es el mismo que en el año 2000:  el PRD y el PAN olvidan que el PRI ya salió de Los Pinos y ya hubo un par de sexenios en los que el tricolor no encabezó el gobierno de la República. Acción Nacional, sobre todo, pasa por alto que ellos estuvieron durante doce años encabezando las políticas públicas de este país y que si no lograron “sacar al PRI” de Los Pinos fue porque decidieron renovar las lógicas de corrupción y de ilegalidad que caracterizan a la cultura priista.

Además, hay una cuestión que no dicen, pero que está detrás de la referida alianza: evitar que López Obrador gane la elección del próximo año. PAN y PRD apuestan a que el rechazo al PRI y a López Obrador les permita ser la opción “menos mala” y logren los votos necesarios para ganar la presidencia de la República.

Asimismo, pasan por alto que el escenario actual es distinto debido al hartazgo ciudadano en relación con los partidos políticos. Ante ello, el camino más democrático sería la democratización de esos partidos, cuestión que de ninguna manera es planteada por los institutos políticos o sus dirigentes: Morena se siente distinto al resto, pero olvida que es un partido político -ninguna encuesta muestra que no se le considere como tal- y que sólo un tercio de los votantes apoya sus posturas, pero aún así apuesta a que solo o con la ayuda de algún partido menor triunfe con un porcentaje que en el mejor de los casos no será mayor al 40%. El PAN y el PRD  no se enteran aún  que su poder político en las elecciones ha disminuido y que juntos no suman más del 40% de la votación, ya por la irrupción de Morena, ya porque el PRI no ha muerto. Por su parte, el PRI está consciente de que sus apoyos no rebasarán el 40%, y por eso apuesta a la fragmentación del voto. Así, todos los partidos importantes apuestan a fortalecer sus cotos de poder, pero nunca a volverse más democráticos  y atractivos de cara al electorado. Quieren más votos, pero sin que sus cúpulas pierdan poder. Quieren gobernar sólo con sus canicas.

Así planteado, expulsar al PRI de Los Pinos volvería a ser un tratamiento paliativo para una transición democrática que está más cerca de la agonía que de su fortalecimiento. Ello no significa soslayar la importancia de que la cultura política que representa el PRI se destierre, sino que hay una incongruencia por parte de la oposición que pactó con ese mismo PRI para fortalecerlo durante los primeros dos años del sexenio, y que ahora dice que es el peor de los males. Tildar de populistas a quienes piensan que estos partidos políticos -en su conjunto- son un cáncer que carcome a la democracia mexicana y que deben morir o reinventarse, puede tranquilizar las consciencias de “liberales” e “intelectuales”; pero, más allá de “populismos” o “liberalismos”, la realidad muestra a partidos políticos voraces, poco democráticos en su vida interna y sin disposición a ver disminuidas sus prerrogativas presupuestales o a rendir cuentas de manera democrática. Algunos podrán tachar de populistas a otros, pero lo único cierto es que estos partidos políticos son corruptos y nada nuevo ofrecen, salvo la caída de un rey para la proclamación de otro idéntico. Y la alianza que proponen el PAN y el PRD es de ese estilo: una alianza donde se ofrece la sustitución y no otra cosa.

Por ello, sacar al PRI de los Pinos no es ni de cerca una solución. Es un elemento necesario, pero de ninguna manera suficiente. En las circunstancias actuales, parece más un  eslogan de los partidos de oposición que aspiran a ser ellos los beneficiarios de las canonjías que hoy disfruta el partidazo, porque no hay programa o política que avale la unión del PAN y del PRD. Su verdadero plan se resume a que ellos ocupen el lugar que el tricolor ha tenido en este sexenio y, por supuesto, que López Obrador no sea quien encabece el Ejecutivo  porque el “peligro” (no se sabe muy bien cuál) es mayor (no se sabe muy bien respecto a qué).

La alianza planteada por el PAN y el PRD es una unión-obstáculo para que AMLO no sea presidente y para que el circo siga sus funciones con diferente administrador. Los sexenios de Fox y Calderón deberían ser suficientes para recordar que en ninguna sociedad desarrollada se ha logrado algo importante diciendo que un partido es mejor que otro, si al momento de gobernar se mantienen las mismas lógicas de corrupción e ilegalidad. Preparémonos, pues, para una elección superflua, sin mayor horizonte que el 1 de julio de 2018. Después de ello nos espera más de lo mismo. El status quo.

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