Si uno mira los hechos de las últimas semanas y lee a las plumas que han dado inicio o seguimiento al caso de la cuenta pública de Eduardo Rivera, ¿se puede concluir que existe una campaña contra Eduardo Rivera para que no sea candidato a gobernador en la elección estatal de 2018? ¿Por qué?

La embestida contra Rivera dice mucho del propio Eduardo y alimenta aún más suspicacias alrededor del grupo de Moreno Valle.

En relación a Eduardo Rivera, éste se puede tirar al suelo, pero sigue sin ser enfático en relación a los contratos que en sendos reportajes Mario Galeana (http://24horaspuebla.com/2017/02/08/asesores-patito-ganan-millones-con-lalo-rivera/ ) y Arturo Luna (http://24horaspuebla.com/2017/02/07/lalo-rivera-y-su-cloaca-44-mdp-para-sus-amigos/) califican de anómalos. El principio de inocencia le beneficia y en él se resguarda, pero en política su imagen quedará marcada por contratos con empresas cuyos domicilios no generan confianza.

Luna afirma en su reportaje que Eduardo Rivera adjudicó contratos millonarios a sus amigos “a través de empresas que incumplían los requisitos, que no comprobaron su labor y que se delatan como un disfraz para la corrupción”. Sin embargo, el periodista no ofrece documentos que prueben algo más que algunos montos y que en el caso de la empresa SACBES no cumplía con los requisitos para que se le dieran los contratos.

Además, en el reportaje se dan brincos de años, pues parece enfocarse en el año 2013 -al igual que el de Galeana- cuando se afirma que benefició a empresas por un total de 44 millones de pesos que realizó con el dinero de todos los poblanos para “asesorías externas” tan sólo en 2013”, y más adelante se habla de que, por ejemplo, SACBES recibió “del 31 de octubre al 31 de diciembre de 2011, la cantidad de 500 mil pesos por sus “servicios””. Ni Luna ni Galeana ofrecen un listado completo de 2013 de la relación empresas-montos-trabajo, en el que se pueda verificar si efectivamente el trabajo fue realizado, más allá de si el domicilio de las empresas tienen una mejor o peor fachada –hay empresas fantasma en los edificios más lujosos de la ciudad-.

Desde mi punto de vista, el trabajo de Luna y Galeana queda trunco, pues se demuestra que existió una relación entre empresas y personas físicas, pero no ofrece la versión de esas personas. Al menos algunas de esas personas físicas y morales se pueden localizar, pero en ningún momento se muestra la versión de esas empresas y algunas de ellas, según me han confiado, no han sido citadas a declarar por ningún periodista o autoridad.

Visto así, Eduardo Rivera tiene elementos para tirarse al suelo.

A la ciudadanía, no obstante, eso no le sirve de mucho.

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Por lo que toca al grupo de Moreno Valle, darle juego de victimización a Rivera es una mala jugada.

En principio, el grupo de Moreno Valle le está dando alas y tiempo en medios a un personaje que tiene más que perder que ganar. Siendo delegado del PAN en el Estado de México está sentado en un barril de pólvora. Su candidata está cerca de perder la elección y lo arrastrará en el lodo que nadie quiere pisar: el de la derrota. Si eso es así, ¿por qué darle instrumentos de victimización?

El ataque a Rivera hace pensar que el grupo en el poder tiene inseguridades. Si el morenovallismo es tan fuerte, ¿por qué insistir en atacar a un rival tan débil en lugar de preocuparse por la oposición? La razón parece ser obvia: ninguno de los personajes del morenovallismo asegura una victoria porque les hace falta presencia mediática y no se le quiere dar al Yunque una carta para jugar en la elección de 2018. Sin embargo, la receta de ataque a Rivera puede ser contraproducente: si Rivera termina imponiéndose al morenovallismo pueda reclamar un lugar entre los aspirantes a Casa Puebla.

La lucha entre Moreno Valle y Rivera también tiene otra lectura: el gobernador fue incapaz de hilar una mejor relación con el Yunque y con Rivera Pérez. Que tres años después se siga discutiendo la cuenta pública de Rivera habla de falta de oficio político de operadores de uno y otro lado. Y habla mal del exgobernador: tuvo todo el poder para no hacer de Rivera su enemigo, su par. Pudo someterlo con política, no con sentencias.

Enfangarse en la discusión entre panistas o habla de que la única lucha es interna o de que el grupo de Moreno Valle se siente inseguro. Que prefiere cabalgar solo eliminando a sus rivales –y no venciéndolos-, no es propio de una democracia, lo que es una mala noticia para el morenovallismo, pues probaría la característica que siempre le han endilgado sus adversarios: su autoritarismo.

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