Un mes y medio después de asumir la gubernatura, Antonio Gali y su equipo están entrampados en temas menores.

Si Roosevelt y sus famosos primeros cien días marcan una pauta del efecto político y del impacto social del inicio de un gobierno, Gali y su equipo parecen no haber leído ese capítulo de la Historia. Están perdidos, se han ocupado de temas intrascendentes y coyunturales, y son zombies que deambulan por la entidad.

El gobierno de Puebla juega a que la barca no se hunda, en lugar de remar con rumbo fijo.

¿Cuál es el programa, la obra, la característica del gobierno de Gali anunciada o ejecutada durante las primeras semanas de su gobierno?

No hay respuesta.

El eslogan con el que Gali aterrizó en Casa Puebla hace referencia a un seguimiento en la política de obras y actividades implantada por el morenovallismo, pero el equipo de Gali está lejos de lograr un ritmo de trabajo y eficiencia (a alto costo económico y social, cierto) que en algunos lapsos logró el morenovallismo.

La bujía que falla en el motor del gobierno galista parecer ser el miedo a quebrar huevos, sin lo cual no se puede hacer tortilla (española).

El episodio entre Mario Rincón y Eukid Castañón es botón de muestra para deducir que el morenovallismo no permitirá crítica alguna, por muy encubierta que ésta parezca y por muy necesaria que sea para proyectar avances de las acciones de gobierno de Gali.

El galimatías para el actual gobernador y para el morenovallismo no es sencillo: en política es necesario matar al padre, es decir, tener un contraste, una política, un programa que sea útil para mostrar que lo que ahora se hace es mejor que lo logrado en el pasado. Pero Gali no puede contrastar el pasado. En su decisión de seguir la estela del morenovallismo perdió la oportunidad de mostrar que en combate a la pobreza, en indicadores económicos o en política social no todo fue perfecto, como lo quieren hacer ver los aduladores del otrora gobernador.

La solución puede venir por dos caminos: que Gali rompa el bozal que le ha impuesto el morenovallismo o que éste entienda que la crítica controlada es más benéfica que el autoritarismo del silencio.

Si Gali no crece, si su gobierno no emprende el vuelo, no sólo será el hoy gobernador el afectado. A final de cuentas, galistas y morenovallistas apostaron por el continuismo. Si el continuismo es mediocre, mediocre será la imagen que proyecte un grupo al que, como siempre, le hace falta válvulas de escape en forma de autocrítica.

No es nada nuevo: la aceptación de la crítica nunca ha sido el lado fuerte de un grupo que encuentra en la disciplina del miedo su principio y su fin.

Su fortaleza y su debilidad.

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