Luis Videgaray y José Antonio Meade han ocupado las Secretarías de Hacienda y de Relaciones Exteriores en el gobierno de Enrique Peña Nieto. Sus allegados los califican de brillantes economistas, pero ninguno asevera de la misma manera sus habilidades como diplomáticos. 

Sin embargo, el Presidente Peña Nieto pensó que Meade, primero, y Videgaray, ahora, eran las mejores personas para ocupar la Cancillería. Con el primero se equivocó y con el segundo es muy probable que se haya equivocado.

De Meade se puede calificar su paso por la oficina principal de Tlalteloco como una etapa de confusión e inexperiencia. Basta evaluar la relación de México con América del Norte o los traspiés con América Latina para saber que nadie recordará el paso de Meade por Relaciones Exteriores como un periodo de brillantez. 

A cuatro años de iniciado el gobierno de Peña Nieto, Luis Videgaray ha pasado de ser el hombre “ideal” para la Secretaría de Hacienda a ser el hombre “adecuado” para ocupar  la Cancillería. Ha sido el propio Luis Videgaray quien ha confirmado los peores augurios: que su nombramiento no obedece a su experiencia o su trayectoria en el sector, sino a un invento presidencial.  Videgaray es un aprendiz en Relaciones Exteriores que cobrará como Secretario del ramo, a pesar de ser el momento más delicado de política exterior desde la Segunda Guerra Mundial

El Presidente ha insistido en la necedad: ya lo hizo con Meade y el desastre se reflejó en las oportunidades perdidas. Ahora, con Luis Videgaray, su apuesta es más riesgosa:

Luis Videgaray no sabe de Relaciones Exteriores ni conoce la Secretaría a la que arriba, pero el Presidente consideró suficiente los vasos comunicantes que Videgaray tiene con el equipo de Donald Trump para que aquel ocupe la Cancillería.

A mi entender, el Presidente está leyendo de manera incorrecta los mensajes desde Washington: las puertas no estarán cerradas, sino se abrirán sólo en cuanto convenga a los intereses de Trump. Por ello, lo necesario es buscar nuevas puertas (más y mejores relaciones con Asia o Europa, por ejemplo) y no forzar la apertura de una puerta que, como en el periodo de Obama, deja en el resultado final más deportaciones y menos inversiones.

¿Por qué Videgaray no es el canciller idóneo? 

Porque la apuesta del Presidente no lo es. 

Nombrar a Videgaray es un guiño al tirano, cuando precisamente lo que hace falta es enfrentarlo.

Apostar a que el peligro llamado Donald Trump sea menor si se negocia la construcción del muro en la frontera con Estados Unidos o si se renegocia el TLCAN sin ser humillados, es una carta endiablada, porque la sola construcción del muro y la sola apertura a renegociar un tratado para dar –aún más- ventajas a las empresas estadounidenses en su relación con las mexicanas es en sí mismo un acto de humillación. 

Videgaray no es la persona idónea porque si Trump impone todos los momentos y la agenda de negociación, de nada sirve tener vínculos con su equipo. 

La llegada de Videgaray demuestra que el gobierno mexicano claudica ante la imposición de la agenda de Trump y se muestra dispuesto –sumiso sería la palabra adecuada- a negociar lo que Trump disponga, en lugar de tratar –primero y antes que nada- de diversificar la agenda de política exterior y negar a Trump la posibilidad de renegociar un tratado si ello no acarrea ventajas para las empresas mexicanas. 

Es decir, Videgaray hará lo que Trump quiere que el gobierno mexicano haga, cuando en realidad se necesita algo completamente distinto: primero pensar en los intereses del país y luego en considerar la voluntad del tirano neoyorkino.

Si la política exterior es siempre política interna, el Presidente manda un mensaje de que su gobierno está claudicando ante el desconcierto económico y su débil posición en materia de política exterior. Precisamente, Meade y Videgaray, dos de sus cartas fuertes para justificar sus acciones en esas áreas, son corresponsables de ese caos y de la política exterior de tumbos que caracterizan al gobierno. 

Meade ya demostró que Relaciones Exteriores no era su fuerte. 

Que Videgaray no sea el milagro que espera Peña, confirmaría que el gobierno no solo está lleno de designaciones de improvisados: también ratificaría su calidad de gobierno de necios. 

De necios que ven, pero no miran. 

De necios que no entienden. 

Foto: Cuartoscuro

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