AMLO y los intelectuales de McCarthy

Casi todos los periódicos, portales de noticias o canales de televisión tienen un villano favorito. Su nombre es por todos conocido: Andrés Manuel López Obrador.

En ocasiones, razones les sobran para criticar al político de Macuspana, pero detrás de su pluma u opinión se encuentra una animadversión tan dañina como el discurso de disyuntiva que el propio López Obrador y Felipe Calderón inaguguraron hace una década en nuestro país.

Diez años después de la elección que llevó a Calderón a Los Pinos, el escenario sigue siendo el mismo: gente que simpatiza con AMLO y quienes  lo considera un peligro para el país (periodistas y columnistas incluidos).

Lo lamentable es que nos encontremos en ese mismo escenario de 2006. AMLO tildando a unos de la mafia del poder -aunque ahora con su partido político forme  parte de esa élite a la que tanto desprecia – y los políticos, periodistas, columnistas e intelectuales dividiéndose entre quienes lo defienden a capa y espada como apóstoles, y una mayoría que  lo atacan como la santa inquisición.

Las propuestas de AMLO son tildadas de populistas y demagógicas. Eso sí, si un priista promete crear un millón de empleos les parece una apuesta atrevida (los términos cambian), aunque esa aspiración no es realizable dada las características actuales de la economía mexicana. Si el candidato del PRI o del PAN augura un crecimiento del 7%, esa apuesta no les parece populista, sino una muestra de la capacidad del país, siempre que se conjugue con disciplina fiscal, un buen ambiente económico y el regreso de Quetzalcóatl.

Los intelectuales que critican a AMLO no ofrecen una sola razón de porqué habría que votar por Margarita Zavala (muchos de ellos, amigos de la familia Calderón Zavala) o por qué Meade, Videgaray o Chong son opciones menos populistas y más estadistas que el líder tabasqueño. Por su parte, quienes defienden a AMLO descalifican a los demás aspirantes y creen ciegamente en la honestidad, transparencia y en la bondad del político de Macuspana, aunque esas tres características estén en entredicho y su convencimiento sea más creencia en un dogma que convencimiento de una razón.

Es precisamente razones lo que falta en el debate rumbo a 2018. A veintidós meses de la elección para elegir al sucesor de Peña, no hay en el ambiente una propuesta clara de nación. La clase política, pero también la intelectualidad, está imbuida en el debate de los personajes, pero no en el debate de los instrumentos, los objetivos y las razones.

La mayoría de periodistas, columnistas e intelectuales quieren que los seguidores de AMLO dejen de creer en el tlatoani de Morena, pero al momento de observar a Margarita, Meade, Osorio o Videgaray, el rasero no es el mismo y sus críticas ácidas (y en ocasiones certeras) no encuentran la misma viga en el ojo de ajeno. Sus razones para criticar a López Obrador se vuelven dogmas para alabar al PAN o al PRI, porque allí el populismo no lo ven como un peligro.

En todo caso, la intelectualidad mexicana no ha entendido que el verdadero peligro no es AMLO, sino la maniquea costumbre, instaurada desde 2006, de dividir al país entre buenos y malos, entre la mafia del poder y el pueblo bueno, entre pejezombies y liberales, entre chairos y peñabots, o entre calderonistas y obradoristas. La intelectualidad, sin saberlo, entró en el mismo  juego de disyuntiva fascista que dogmatiza las opiniones propias y quiere la desaparición del enemigo. Un juego que no es democrático porque no tiene un presupuesto básico de la democracia: ceder ante las pretensiones de los adversarios. La intelectualidad entró en un juego peligroso: atacas al Peje o estás con él. Los matices no existen. Es un juego de suma cero: el Peje o la democracia, el ídolo o las instituciones. 

Para ellos, no importa quién lo derrote: puede ser Margarita, Videgaray o Meade. Para ellos, el Peje es Trump y hay que descarrilarlo porque quiere mandar al diablo las instituciones, cuando la realidad muestra que hay instituciones que no sirven y que hace falta repensarlas y hasta desterrarlas. Trump está más cerca de las ideas de Margarita Zavala que del populismo de López Obrador, pero de eso  no se enteran. Si en el discurso de Margarita no hay una sola propuesta concreta, no ven populismo, sino marketing.
Estos defensores de la democracia del país (lo de defensores y lo de democracia es discutible)  insisten en una nueva vieja idea: la segunda vuelta. Critican a López Obrador por antidemocrático, pero ellos están dispuestos a usar las instituciones de manera poco democrática con tal de estropear los planes del tabasqueño. La democracia y sus principios los revelan como verdaderos estafadores: son tan dogmáticos como AMLO, aunque ellos se asuman como liberales. A pesar de haber leído a Smith, Fukuyama y Berlin, sus ideas están más cerca de Le Pen o Glen Beck.

 La democracia tiene un principio que ellos desprecian: la tolerancia. Se asumen como paladines de una cruzada contra el populismo y me recuerdan a McCarthy luchando contra demonios que al final caían por sí solos y que no necesitaban una cruzada para combatirlos, sino más democracia para desterrarlos, lo que está lejos de significar peligro, exclusión y desprecio, tres verdaderas amenazas que en uno y otro bando se perciben, como hace diez años. Igual que cuando uno -sigue siendo el mismo- era tildado de un peligro para México y los otros eran llamados “la mafia del poder”.

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