Ni Alcalá ni Gali ni Roxana.

Si una campaña se llena de mensajes, lo que estamos presenciando es una campaña vacía en todos los sentidos: no hay mensaje que convenza, no hay propuesta que atraiga y, obviamente, no hay debate.

En otras palabras, el dinero se despilfarra de manera grosera e inútil sin que los candidatos ofrezcan razones para votar por ellos.

Alcalá trata de mostrar un mensaje que resulta ser confuso y poco directo. La candidata del PRI quiere un cambio, pero no lo dice.

Si Obama convencía con un “Yes, we can”, la candidata del tricolor no sabe si puede, no sabe si quiere, pero promete pensar en todos. Sobra decir que “pensar” en todos no significa que actuará a favor de todos y especialmente a favor de quienes se sienten despreciados por el morenovallismo.

A Alcalá le falta claridad y contundencia, los signos que tanto le achacan sus críticos.

Al Senado se puede llegar nadando entre tiburones, pero a Casa Puebla se llega siendo uno de ellos. Y Blanca parece que no lo entiende o, como marca el canon del sexenio, no entiende que no lo entiende.

Por otra parte, Gali quiere seguir avanzando sin saber el rumbo.

El equipo de campaña del candidato puede estar tranquilo: mientras las campañas de sus adversarias sean tan malas, con que su campaña roce la medianía puede ganar la elección. Su postura es la peor de todas: denota la mano del gobernador que lo obliga a seguir la línea trazada, cuando en realidad Gali necesita ocho semanas en las que se muestre auténtico y no como un títere.

Su ventaja: sus adversarias ni lo notan.

De Roxana Luna se puede aplaudir su apuesta por la confrontación, pero su problema es que tampoco ha podido resumir en cuatro palabras que ella es una respuesta al autoritarismo o que es una alternativa valiosa para el votante.

Los candidatos están haciendo una campaña tan mala que cuesta trabajo encontrar la nota.

Los golpes o los errores no han causado daño, en parte porque los adversarios no los aprovechan.

Nadie cree que Alcalá tenga sólo ocho millones de pesos de patrimonio –pero el tema ha pasado de noche–, como nadie creyó que a Gali le afectaría estar involucrado en los PanamaPapers –según un pasquín– por su relación con el “hijo del hijo del hijo de su amigo” –y tampoco se aprovecharon del escenario sus adversarias– y como tampoco nadie cree el cuento de Pedro y el lobo al que se ha encadenado Roxana, a quien en un alarde de ingenio se le ocurrió barrer Casa Aguayo para iniciar la campaña, pero a quien no se le ocurrió otra cosa que tratar de cristalizar ese barrido sino con otro barrido.

El problema engloba un mal mayor: sin mensaje no hay propuesta.

Los candidatos muestran sus  peores rostros en los espectaculares (la sonrisa fingida de Gali, el Photoshop de espanto de Alcalá o el peinado burlesco de Roxana) y confirman que ni en la forma ni en el fondo esta campaña está siendo interesante.

No hay alguno que sobresalga. Ganará, en todo caso, quien menos errores cometa.

Los aciertos pueden esperar un año y ocho meses más.

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