Trump y el puercoespín

El gobierno mexicano decidió hacer frente a las alusiones de Donald Trump. El magnate neoyorkino insiste en construir un muro y que México lo pague. Una actitud bravucona que convence a más de uno (recordemos que ya George Bush construyó un muro con anuencia del gobierno mexicano), y que se vuelve autoritarismo cuando el gasto en “beneficio” propio lo pretende endosar a un tercero (México), cuyo gobierno no es claro en su negativa a construir muros en la frontera –por ahí podríamos comenzar.

Lo ilógico es que el gobierno y muchos analistas mexicanos piensan que la solución a lo que quiere imponer Trump pasa por su derrota y el triunfo de Hillary Clinton. Al menos de manera parcial, se equivocan: la solución radica en que Los Pinos asuman un papel más digno frente a Washington. Esperar que Hillary gane y Trump no sea presidente no asegura mejora alguna en la relación con la mayor potencia del mundo.

El gobierno mexicano reza porque Hillary triunfe en las elecciones de Noviembre, cuando la solución sería más efectiva si su negativa a construir muros y financiarlos fuera tajante y clara desde ahora. En una hipotética negociación con un hipotético gobierno de Trump, partir de una negativa firme le daría mayor margen de maniobra al gobierno mexicano.

Los escasos reflejos de la diplomacia mexicana, después de casi un año desde que Trump comenzó su ataque, reflejan la transformación en la relación con Estados Unidos, que puede apreciarse si se compara el papel primordial que jugaba la diplomacia mexicana en la administración de Jimmy Carter (por tomar un punto de referencia) y la imposición que sufrió con el Plan Mérida y “Rápido y Furioso” en las administraciones de Bush y Obama. El día y la noche.

Llama la atención que la propuesta más intrascendente de Trump (aunque la de mayor impacto mediático) sea la que se critique con más ahínco en México y, sin embargo, pasen desapercibidas las escasas propuestas migratorias de los precandidatos republicanos y demócratas, así como la pírrica crítica al tráfico ilegal de armamento, a pesar de que el daño a la economía y seguridad pública en México es mayor. La verdadera preocupación del gobierno tendría que ser darle rostro, valor, identidad y legalidad a millones de mexicanos que, sencillamente, no interesan a Trump, Hillary y compañía. Pero el gobierno mexicano nada dice al respecto. Su acción se reduce a susurrar su discrepancia con el muro de Trump. Su agenda deambula y se conforma con que embajadas y consulados jueguen el papel de oficialía de partes y expendio de actas y certificados.

En ese sentido, es más vigente que nunca la teoría que hace quince años esbozó Jeffrey Davidow, quien bautizó la relación entre ambos países como una relación entre el oso y el puercoespín. Y Trump podrá ser loco y fascista, pero no es responsable de la sumisión del gobierno mexicano.

Tiempo Extra. Curiosamente, algunas de las “plumas de la patria” que se indignan por la descabellada imposición de Trump (fascista a todas luces), aplaudieron en otro tiempo “el esfuerzo” de ambos países para sacar adelante el Plan Mérida. Allí no vieron imposición, sino cooperación. Imagino a los mismos “intelectuales” aplaudiendo un muro que construya Trump, pero que “beneficie” a ambos países

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