(Re)Forma energética

 

“You can take our lives and our freedom,

but you cannot take our honour.

We are defenseless but not honourless.”

Otto Wels

Después de poco más de un mes, sigo sin entender la decisión de Los Pinos para aprobar la Reforma Energética. Me recuerda “La Noche de los cristales rotos” esa ofensiva impulsada por el gobierno nazi contra ciudadanos judíos. No acuso de nazi al régimen de Peña Nieto, sino que  llama mi atención la forma como procede, porque habla por sí sola del tipo de política que practica.

Los grandes cambios no pueden pactarse en las tinieblas de la ignominia; no deben realizarse en los entretelones, sino que deben involucrar a los sectores de la sociedad interesados y ser transparentes en sus objetivos y motivos. Ello es aún más necesario si esos cambios son discutibles por sus beneficios o desventajas.

Por ello, en una reforma en sede legislativa, la discusión implica enriquecimiento del producto legislativo. Nadie puede negar las ventajas de que un asunto se discuta (en serio) cuando se trata de la reforma más importante del sexenio y la más discutible por las intenciones de sus autores.

En ese sentido, democracia es discusión, intercambio de ideas, mejoramiento de un producto que, por su trascendencia, afectará la vida de los habitantes del país. Y es cierto que discutir es cuestión distinta a solo hacer patente una postura.

En la reforma energética hubo argumentos abstractos sobre apoyarla o no, pero pocos argumentos específicos sobre el texto de la reforma, porque se hizo “al vapor”. La simulación es mayor si se piensa que fue aprobada un 12 de diciembre (día significativo para los católicos mexicanos) y con una falta de discusión en los Congresos Estatales que espantaría al más light de los federalistas. Se trató de una reforma cuyo texto a discutir no fue conocido con la antelación debida por parte de los legisladores que la aprobaron y ya no digamos de los Congresos Estatales que en un acto reflejo aprobaron -sin leer- la reforma cumbre del peñanietismo y del neoliberalismo.

Así, el signo de la simulación y de la bajeza inunda la barca de la reforma energética. Sólo Peña y su equipo sabrán las razones de su actuar y si era necesario realizarlo de esa forma cuando –todo indica- contaban con las mayorías necesarias para llevar a buen puerto la reforma. Uno se pregunta si teniendo los votos y los apoyos era necesario cubrir de una capa de autoritarismo a la reforma energética. Ya no se hable del fondo, en el que las posturas son claras y en el que algunos están a favor y otros tantos en contra. El tiempo les dará la razón y ojalá, por el bien de este país, que no de Peña, que los malos augurios sean erróneos, porque de lo contrario se confirmará lo que se sostiene desde la trinchera opositora: que esta no es la reforma energética que necesitaba el país.

Peña y su equipo, legisladores y gobernadores incluidos, han dado rienda suelta a avivar esas expectativas que me hacen recordar esa ofensiva de noche, furtiva, que avienta la piedra y esconde la mano, que pega, pero se oculta.

¿Por qué, señor Presidente?

¿Por qué, cuando se trata de la joya de la corona?

Debe ser placentero para sus impulsores haber logrado “sacar adelante” la reforma, pero debe ser amargo analizar que para ello se hubiese echado mano de las prácticas más autoritarias, porque en la democracia los avances no se hacen excluyendo, sino incluyendo; no ocultando, sino mostrando; no evadiendo, sino consensuando.

La reforma energética ha retratado al peñanietismo.

Ha sido una simulación.

Tal vez porque no es una reforma: es una imposición.

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