El miedo de Snowden

“[L]iving unfreely but comfortably?”

El mito de la libertad de internet (ese que se generó desde los manifiestos académicos y se alimentó desde la ingenuidad) ha muerto. El internet no es un espacio libre y menos aún es un espacio sin control. Es un sistema que tiene enormes ventajas en términos de comunicación, pero que también puede ser utilizado para fines totalitarios.

Por eso, desde que estalló el escándalo de espionaje destapado por Edward Snowden, los indignados con el actuar del gobierno norteamericano han ido en aumento. Los que criticaban a los países latinoamericanos por intentar dar asilo político a Snowden se van quedando sin la legitimación democrática necesaria. Ni Putin ni Evo ni Correa son paradigmas de democracia (mucho menos el primero que el resto de los mencionados), pero quienes defienden la cacería de Snowden por parte del gobierno norteamericano lo son aún menos.

Algunos se enojaron de manera tibia cuando supieron que ellos eran los espiados. Alemania es el ejemplo más palpable de una sumisión extraña e indigna y es que quienes ven normal el espionaje protestarán cuando sus perfiles sean expuestos sin su autorización o cuando su información confidencial deje de serlo, porque hay dos formas de ver el espionaje: como un atentado contra la democracia o como una consecuencia normal y tolerable del poder de unos y la debilidad de otros; como quien se indigna o como quien justifica y se escuda en las “lógicas” del internet.

El gobierno de los Estados Unidos está realizando un control de los actos a través de la web que no se justifica por la guerra contra el terrorismo. Los mecanismos de inteligencia y los instrumentos gubernamentales de lucha contra el terrorismo no pueden estar por encima de los derechos fundamentales y este sistema de espionaje lo está.

En este drama son tres los actores: el gobierno americano que espía, las empresas que lo permiten y a los usuarios afectados (gobiernos incluidos). Las segundas se han escudado en el eufemismo de que sólo han permitido y entregado información específica (y no toda la información, como Snowden afirma). El problema es mayúsculo para ellas: aun cuando sólo haya sido una parte de la información, no estaban autorizadas a dar esa información. La ley es clara y determina un procedimiento para entregar la información que las autoridades necesitan. Un mecanismo distinto es ilegal, incluso bajo el paraguas de la lucha contra el terrorismo.

En esencia, lo que el gobierno de Estados Unidos y las empresas involucradas están haciendo es mostrar su desprecio innegable a la ley. Es por eso que lo que el espionaje es antidemocrático: repele el principio de que la autoridad encuentra en la ley un límite para su actuar; sin él, su actividad se vuelve autoritaria.

No obstante, lo más sorprendente es la reacción de una buena parte de los afectados: muchos de ellos justifican el espionaje bajo el argumento de que es algo que se esperaba. Sólo cuando la hoz que siega el campo de la libertad los alcance verán las consecuencias y se indignarán. Mientras, como afirma el mismo Snowden, seguirán viviendo bajo un confort, pensando que navegan en un ambiente de libertad  y tratarán de ignorar que este espionaje tiene un nombre y no es otro que totalitarismo.

El miedo de Snowden es que, precisamente ellos, los que viven en el confort de creer que esto es irremediable y que no alzarán la voz, impidan que esto cambie. Son los deterministas de siempre; los que, faltaba más, nunca fueron los revolucionarios; los que nunca han cambiado al mundo; los que flotan como hojas sobre una ola que los lleva en la marea sin rumbo o que se estrella en la playa más inesperada del mundo.

No quiere decir que a quienes indigna el espionaje impulsado por el gobierno americano y alimentado por empresas digitales terminen ganando una batalla dispareja, pero su lucha y su indignación es más importante de lo que se cree, porque permitirá que surjan nuevos Snowden y porque en la indignación está el éxito primigenio de esta batalla.

Son un nuevo Galileo virtual; no les debe importar que la mayoría les exija abjurar.

El mundo se seguirá moviendo.

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