La bondad de quienes ayudaron a salvar vidas o mitigar el dolor de las víctimas de los atentados terroristas en Boston es el aspecto más rescatable en una semana llena de muerte, sangre y paranoia.

Ellos son héroes en una película de terror (con todas sus letras) y personas que responden con humanidad ante una desgracia ajena, sin preguntar quién es/era el(la) beneficiario(a) de sus bondadosas acciones. Reivindican el género humano. 

Pero hay muchos aspectos negativos. El mayor, sin duda, es que las víctimas son (casi) olvidadas. Si se les recuerda es, en todo caso, por el afán de los medios por dramatizar lo que por sí mismo es una tragedia. Las víctimas son niños y adultos, jóvenes, atletas, estudiantes y curiosos en general, así como sus familias. Son personas que, por desgracia, estuvieron en el momento y lugar en el que los terroristas decidieron estallar las bombas. La pérdida de su vida, la de sus piernas, las heridas que les causaron y la tranquilidad que perdieron es la tragedia mayúscula de los eventos. Sin mayores calificativos y con todo lo que ello implica: son víctimas. Las acciones gubernamentales y los medios de comunicación deberían poner mayor atención en ellas. Pero parece que el tiempo hace mella en la atención que merecen.

Cierto, las víctimas y sus familias reciben asistencia; pero eso no bastará a largo plazo. La mejor forma de responder a su dolor y su tragedia es asegurar que esto no volverá a suceder. Ello implica no sólo políticas públicas, sino reflexión y acción social. De poco sirve a las víctimas que algunos hayan “celebrado” la captura de un chico de 19 años (presunto terrorista) después de una “cacería” que implicó paralizar una ciudad. Es un error negar al presunto terrorista los derechos que se le debe garantizar a cualquier persona (incluso el criminal más peligroso del mundo), me refiero a su derecho a una defensa. Los excesos, ya se sabe, pueden conducir a Abu-Ghraib. Y esa es la peor respuesta. 

Por supuesto que las razones de los terroristas para su actuación, más allá de su evidente desprecio por los demás, son importantes para evitar futuros ataques, lo que debe ir acompañado de una reflexión social sobre las condiciones sociales que permitieron que un chico de 19 años, que ha vivido once años en los Estados Unidos, ha sido educado en escuelas americanas la mayor parte de su corta vida y tiene la ciudadanía americana, se haya vuelto terrorista. Es alguien de casa y ello hace más necesaria la reflexión, aunado al hecho de que las masacres de Columbine (1999), Virginia Tech (2007) y Newton (2012) tuvieron como autores a jóvenes que no rebasaban los 23 años de edad. En los atentados de Boston, un chico de 19 años es sospechoso (hasta este momento) de ser coautor de los mismos. Se puede pensar que son sólo chicos cuya conducta se desvió por voluntad propia. Pero también se puede reflexionar que algo está mal en la sociedad cuando tantos chicos (menores de edad en su mayoría)  se han vuelto asesinos. Negarse a emprender un análisis de este estilo, es dejar en la banalidad los derechos de las víctimas; es olvidarlas; es, en cierto sentido, despreciarlas.

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