El resabio de las oportunidades perdidas

 

Soy un convencido de la educación pública y no he sido sino beneficiario de ella. Por eso me preocupa y la critico.

 

En nuestro país, son muchas las universidades públicas, aunque escasa es la calidad de sus programas y diminuta la visión de sus dirigentes. Los ejemplos de la pequeñez de los rectores de las universidades públicas abundan. Utilizan a la universidad para “crecer” políticamente. La consideran un botín a repartir entre sus allegados, siendo complacientes con el poder que los encumbra.

 

El caso más reciente es el de Enrique Agüera Ibáñez, quien fue Rector de la BUAP (la Universidad pública más importante del Estado de Puebla y una de las más importantes del país). Agüera estuvo 9 años al frente de la Universidad. Negó una y otra vez sus aspiraciones políticas. Sólo los ingenuos le creyeron. Hoy, su visión lo llevó a un aceptar la nominación del PRI como Candidato a la Alcaldía de Puebla.

 

¿9 años para una candidatura a la alcaldía de Puebla?

 

Trato de no caer en el tópico de que es un político pragmático, compadre de Mario Marín, servicial con Moreno Valle y de corazón priísta. Eso es de sobra conocido.

 

¿9 años para una candidatura a la alcaldía de Puebla?

 

Agüera ha dado continuidad al periodo de estabilidad de la Universidad poblana. Invirtió en obras faraónicas grandes cantidades de dinero (que recibió a manos llenas) y muchos han puesto en duda la legalidad de su fortuna. Enrique Agüera pudo haber impulsado un cambio universitario importante, lo que sólo ha hecho en parte: lo ha realizado únicamente en cuestión de imagen. Nada mal, pero los recursos y la oportunidad demandaban algo más. El momento era decisivo. Había estabilidad, relativa autonomía presupuestaria y control de los grupo de poder universitarios, así como una elección de gobernador del Estado donde cambiaron los colores del partido tradicional. Una coyuntura, pues. Y en esa circunstancia se conocen a los estadistas, a los grandes personajes.

 

La BUAP es vista como una Universidad con mayor infraestructura, pero sus programas de estudio y la calidad de sus profesores y egresados siguen dejando mucho que desear. Por supuesto que hay gente brillante, pero destaca por su esfuerzo personal, no porque el sistema esté hecho para ello.

 

Hacía falta emprender una política que colocara a la BUAP en el camino de la modernidad académica. Hubo que fijarse al menos dos objetivos: la calidad de sus programas y en el financiamiento de sus investigaciones.

 

Lo primero se logra con una evaluación y discusión de los planes de estudios y con un mejoramiento de la calidad tanto del profesorado como de los alumnos. Realizar un cambio en el modelo de profesorado que permitiera tener en su plantilla a los mejores implicaba evaluación de los actuales y una política de atracción de los mejores profesores. Significaba enfrentarse a los poderosos sindicatos que quieren controlar las plazas y a los grupos de poder que maniatan departamentos y facultades. ¿La universidad tiene a los mejores profesores en el Estado? Es sólo una mentira alimentada por el ego de los falsarios de la academia. Hay gente importante, brillante, pero muchos (una gran mayoría) profesores cuya pequeñez es nutrida por el modelo que evade la evaluación de su calidad. No hablo de echarlos a patadas de la Universidad (aunque la idea sea tentadora). Hablo de mejorar su condición. Si son mediocres, que se preparen, que estudien, que investiguen y, entonces, volver a dejar que se encarguen de educar a la “élite” intelectual y científica del Estado.

 

También era necesaria una política que permitiera estudiar a más alumnos y becar a los talentosos (hablo de becas reales, no de las ayudas denigrantes que reciben). Es necesario decirlo: en la BUAP ni están todos los que son ni son todos los que están. La Universidad beneficia a alumnos de toda clase, pero el modelo de admisión niega el acceso a la mayoría (talentosos entre ellos) y el modelo de evaluación no permite asegurar que quienes ocupan un lugar como alumnos, y quienes egresan, sean en realidad los mejores. El abstencionismo en clase y la escasa calidad de sus egresados en algunas áreas permite afirmar que hay una materia prima que, en su mayoría, no responde a las exigencias de una Universidad pública de calidad.

 

Era necesario hacer de la BUAP una cuna de conocimiento. Hay proyectos que sólo necesitan coordinación e imaginación. Algunos requerían dinero en mayor o menor medida. Se trataba de que, en el triángulo del conocimiento, la universidad produjera el mismo y que no sólo sea un centro de su difusión. La BUAP está empantanada en la investigación superficial y de escasa calidad. Ni siquiera sirve para nutrir las demandas de ciencia y conocimiento que exige el Estado. Ya no hablemos de su proyección mundial. En la investigación no hubo visión. Si la hubo, fue mediocre.

 

Para todo ello (y muchas cosas más que por razón de espacio no se analizan) se necesitaba altura de miras. Enrique Agüera tuvo la oportunidad, pero no la aprovechó. Por eso, el periodo de Agüera deja ese sabor amargo, parecido al sexenio de Miguel De la Madrid.  El resabio de las oportunidades perdidas.

 

La Universidad tiene rumbo, como dice su eslogan, aunque parece que la mirada de su anterior Rector llegaba hasta el despacho principal del Ayuntamiento. Para 9 años, miles de millones de pesos y grandes oportunidades, parece un destino pequeño.

 

Políticamente la cuestión es distinta. Tiene probabilidades de convertirse en el próximo Alcalde de Puebla. El tiempo y el electorado lo dirán. Esa es harina de otro costal

 

Pero en su visión universitaria, Agüera quedó retratado. Ha mostrado su estatura. En esa pequeñez académica, tal vez, encuentre frutos políticos.

 

Pero ese no era el rumbo que la Universidad y la sociedad demandaban.

Sólo los falsarios de academia lo alabarán y gritarán vivas al candidato Agüera.

 

Sólo los falsarios de la academia.

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