El caso de Debanhi es muestra patente de la crisis profunda que sufren los medios de comunicación. Son correas de transmisión de lo que el poder quiere comunicar o explotadores del morbo que mueve a la sociedad mexicana. 

Su posición crítica es escasa. No piensan en la nota ni en las consecuencias que sus imágenes e información pueden provocar. Comunican trascendidos como verdades y asumen como verdad la información proveniente de las instituciones. Décadas de desinformación, opacidad y autoritarismo no les han bastado para dudar de los boletines surgidos de las fiscalías o de los palacios de gobierno.

Posterior a la muerte de la joven Debanhi, los periodistas no tuvieron empacho en difundir videos de cinco minutos que en realidad eran compedios de una historia mayor que duraba muchas horas. Eran videos burdos que tenían la intención de limpiarle la cara a la fiscalía y fortalecer la línea que apunta a probar que la muerte de la joven fue por accidente, porque “había bebido alcohol”, porque estaba descontrolada, porque merodeaba el hotel donde fue encontrada días después de haber sido buscada en diversas ocasiones. Tal es la falta de instinto de los medios que cubren el caso, que no han indagado la razón (si es que hubo alguna) de cómo se descubrió el cuerpo, quién lo hizo, por qué no se aseguró el lugar donde fue encontrada y la forma exacta como fue localizado el cuerpo de la joven. Los medios han preferido centrarse en aspectos que alimentan el morbo: si había comprado alcohol, si era escort, si las amigas la conocían de tiempo atrás, si salía con algún hombre mayor, si consumía drogas y un sinfín de tonterías que deja fuera la cuestión más que obvia en estos casos: qué grupos criminales controlan la zona y cómo operan. Tal vez ahí haya más respuestas que en un video de tres chicas comprando alcohol como millones de jóvenes en este país.

La muerte de Debahni es solo una de las tragedias que viven decenas de familias norteñas, y el resto del país padece una situación similar: los cárteles controlan zonas donde el Estado es cómplice o es incapaz y las mujeres son el grupo más vulnerable a manos de la delincuencia organizada. 

Treinta años después de las muertas de Juárez se sigue alimentando la idea pueril e inacabada de que la desparición de miles de mujeres es una mera cuestión de machismo (que lo es, sin duda), producto de algunos inadaptados, y no el resultado de un andamiaje del crimen organizado que las rapta, las viola, las convierte en esclavas sexuales y las mata. El patrón es el mismo: es el crimen organizado para usarlas sexualmente. Es la impunidad que compra el dinero. Y el Estado es cómplice porque sabe perfectamente los luagres donde se explotan sexualmente a las mujeres pero nunca hace nada al respecto: las cuotas que pagan los lenones, los líderes de cárteles y sus socio son suficientes para que la mirada de las fiscalías y de los gobiernos sean disimuladas. Y los medios vuelven a estar en el centro de la ecuación: al reproducir la información oficial de manera acrítica y exacerbar el morbo que la sociedad demanda saciar, dejan de lado un aspecto aún más preocupante: esto es una historia que no tiene fin. El dinero del crimen organizado es monstruoso y los crímenes aumentan, por más que se insista en el discurso contrario. Los medios tendrían que poner más atención en esa relación entre gobierno y cárteles (siempre presente en el imaginario mexicano y difícil de negar ante los niveles de impunidad que se padecen), pero están más preocupados de los clicks, de las primicias que sacian la vorcidad carroñera de la sociedad, pero que poco aportan a formar una opinión bien informada. Las mujeres, las familias de la víctimas y la sociedad que exige algo mejor pueden esperar. El click, la reporducción de un video o la alimentación del morbo arrojan mejores réditos. Tantos como los que reciben las autoridades coludidas con el crimen organizado. Al final, son distintas aristas de un mismo fenómeno.

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