Caín vs Abel por el paraíso en ruinas

Muchos piensan que la gubernatura está decidida. Que Morena la ganará caminando porque los demás grupos en la entidad son incapaces de proponer un candidato competitivo y su estructura es pobre.

Se dice que la lucha por la silla principal de Casa Puebla pasa por el escritorio de Andrés Manuel López Obrador. Que AMLO será el gran elector, pero aun así los argumentos para que esa decisión sea a favor de Barbosa o de Armenta son todo menos de mérito. Por un lado, algunos apelan a la experiencia y a la lucha de Barbosa. Mencionan que “la merece” por haber enfrentado a los Moreno Valle y su maquinaria.

Los seguidores de Armenta -curiosamente muchos periodistas se cuentan entre ellos- ponen sobre la mesa encuestas que indican un rechazo a la candidatura de Barbosa, así como la mala salud del excandidato a la gubernatura. Este punto se está tocando con demasiada frivolidad, pero la pregunta y el cuestionamiento tendría que ser serio y el propio Barbosa tendría que zanjarlo. Que sea diabético y que su vista haya aminorado, como afirman sus adversarios, no debería preocuparnos demasiado, pero lo que sí debe dejar claro es si su estado de salud, sea cual sea, le permitirá gobernar de manera adecuada.

Ni la constitución local ni la federal precisan que quien ocupe el cargo de gobernador deba contar con salud intachable, pero lo cierto es que los ciudadanos tienen derecho a saber cuál es la salud de sus gobernantes o de quienes aspiran a ocupar un puesto de representación.

Además de los problemas de salud, los argumentos a favor de Armenta son trillados y encuentran nubarrones cuando se señala su pasado marinista. En ese sentido, los seguidores de Armenta siguen sin señalar cuáles son las virtudes del senador que aspira a ser el candidato de Morena a la gubernatura. Su relación con determinados personajes nacionales no es suficiente: la importancia del puesto demanda que Armenta ponga sobre la mesa sus proyectos y méritos. Decir que Barbosa no es buen candidato no es suficiente; decir que él enfrentó a Moreno Valle tampoco otorga garantías.

En este escenario, los demás partidos están perdidos y dispuestos a presenciar la guerra civil en Morena para después postular un candidato, aunque en los pasillos del poder se dice que nadie quiere serlo. Nadie quiere ser el candidato del PAN y mucho menos el candidato del PRI.

En suma, los poblanos estamos en presencia de un espectáculo desagradable. Por una parte, Caín y Abel batiéndose a duelo porque saben que quien resulte ganador tiene pie y medio en Casa Puebla. Y los demás partidos son incapaces de reaccionar y poner sobre la mesa un proyecto, una candidatura o una idea interesante. Las recetas de siempre no sirven de mucho en esta ocasión. Puebla tiene una crisis severa en materia política y aún más en relación a su tejido social. El arribo de Pacheco Pulido ha evidenciado las heridas que abrió y no cerró el Morenovallismo. Los grupos excluidos piden su lugar en la repartición del poder poblano. Barbosa y Armenta no parecen sino ser cartas de esos grupos que históricamente han dominado la entidad. La disputa no dejará más que uno o varios ganadores, pero el barco estatal sigue navegando sin rumbo y en aguas turbulentas. Las oportunidades que estamos perdiendo las sabremos en el corto y mediano plazo. Mientras, los grupos se pelean el botín. El Estado cumple un año de impasse. Es el Estado donde nada pasa; donde todo pasa. Donde solo es la disputa por el puesto. Donde lo que se creyó que podía ser un Estado de progreso, es ahora un paraíso en ruinas.

  • Publicado el 5 de febrero en El Sol de Puebla

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