Está dicho hasta la saciedad: el gobierno de Enrique Peña Nieto encontró un iceberg en Ayotzinapa y fue incapaz de seguir navegando sin sufrir las consecuencias de golpearse contra un monstruo de hielo.

Después de Ayotzinapa todo fue desastroso. La economía no ayudó, la diplomacia falló y el Mexican Moment se convirtió en Mexican Nightmare. Lo sorprendente es que los políticos pragmáticos que tejieron y lograron el pacto por México son los mismos que durante los últimos dos años han dado bandazos legales y políticos en la desaparición de 43 estudiantes en el sur de Guerrero.

¿Por qué el gobierno se ha empecinado en defender una teoría que tiene grandes lagunas y que a pocos convence?

Porque no tiene otra. 

El problema del gobierno de Peña es que en Ayotzinapa investigó para deslindar responsabilidades, no para fincarlas. Además, cuando comenzaron a emerger los errores en la investigación ministerial, trató de tapar los yerros en lugar de actuar con transparencia desnudándolos y enmendando el rumbo.

Durante los últimos meses, dos noticias acaparan los reflectores en relación al tema: la renuncia de Tomás Zerón, quien aparecía en un vídeo infringiendo normas procesales elementales para efectos de la investigación; y el anuncio de que se realizarán nuevas pruebas en lugares distintos al basurero de Cocula, donde la verdad histórica del gobierno señala como lugar en el que fueron incinerados los estudiantes. Ambos aspectos, ya desde una lectura politica, ya desde una visión jurídica, poco abonan a la credibilidad del gobierno. Por una parte, tardó meses en separar de su cargo a un hombre (el subprocurador Tomás Zerón) que violó la ley de manera flagrante y puso en riesgo toda una investigación al ser sospechoso de sembrar pruebas para apoyar la versión gubernamental. Además, el anuncio de nuevos estudios en otros lugares conlleva una interrogante esencial: ¿por qué no se hicieron antes?

Al gobierno de Peña, la premura por dar un resultado lo llevó a sostener con alfileres una versión poco creíble. 

Los defensores de la verdad histórica se van quedando  solos; de manera directamente proporcional a su caída se acrecienta el mito de Ayotzinapa. Un mito alimentado por el peso de la Historia y por la impericia de un grupo que se empeña en que se escuchen los violines en un Titanic que hace agua.

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