Una barbarie.

Dos encuestadores fueron linchados por una turba y el gobierno fue incapaz de reaccionar a tiempo. A partir de ahí se pueden buscar responsables, que son muchos y que necesariamente se encuentran en el gobierno –porque ha dejado que se rebase el monopolio de la violencia que lo caracteriza, según Weber- y que también forman parte nuestra sociedad.

Los culpables gubernamentales pueden encontrarse en distintos palacios, en distintas estaciones de policía, pero también es cierto que la miseria puede más que los esfuerzos policiales o estrategias gubernamentales que, en relación con la ira desalmada, son lentos por antonomasia.

¿Esto exculpa al gobierno del Estado?

Por supuesto que no. Su actuación debe ser juzgada conforme a sus deberes, entre los que se encuentra prevenir el delito, cosa que está lejos de lograr y parece no importarle.

El atropello que terminó con la vida de dos jóvenes tiene muchas lecturas:

– Habla de una turba de ignorantes, ni dudarlo;

– Pero también de un problema sistémico –jóvenes agredidas sexualmente–, que no encuentra interlocutor gubernamental que se preocupe por resolver el problema;

– Habla de impunidad, porque las agresiones sexuales de las que se duelen los pobladores no han encontrado responsables;

– Habla de una policía débil e ineficiente –municipal y estatal–, porque se ve rebasada y porque actúa con parsimonia;

– Habla de una idea errónea de que el problema terminará con un escarmiento –si es que hubo alguna lógica siniestra en el linchamiento–

– Y habla de un gobierno estatal omiso y responsable: no actuó a tiempo y sus servicios de inteligencia, en lugar de estar revisando los tuits de unos cuántos poblanos que opinan de política, bien podrían enfocarse en prevenir tragedias.

Ajalpan es un espejo de una Puebla de contrastes, donde las grandes obras –necesarias, muchas de ellas– no ocultan la realidad más cruda, donde se unen la incompetencia de una autoridad y la ignorancia, brutalidad y poca dignidad de un pueblo que mira a alguien arder en llamas y a eso le llama justicia.

Este espíritu de inmisericordia frente a la otredad es lo más preocupante.

Causa escalofrío observar a jóvenes mirando con atención el linchamiento, pero incapaces de reaccionar –con la fuerza que da la juventud y la valentía que suele acompañar a la rebeldía– cuando dos cuerpos yacen abrasados por las llamas de la intolerancia.

En el linchamiento, en el acto supremo de desarmar la dignidad propia y ajena, queda aún tiempo para el espectáculo, para la foto, para la selfie, para exhibir la publicidad de las miserias.

Una miseria propia y, tal vez, una miseria colectiva.

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