Morenovallismo. Camino a la perdición

La esposa del gobernador de Puebla es la nueva dirigente del Partido Acción Nacional en la entidad que gobierna su marido. El joven que la acompaña (formalmente el Presidente del partido) es un patiño que –más allá de su juventud- carece de experiencia y es un cero a la izquierda en la toma de decisiones en la política poblana. Como la mítica canción: él “lo sabe, lo sabe”.

La razón de este movimiento es que los últimos dos dirigentes de Acción Nacional en Puebla han despertado desconfianza en el gobernador (Por cierto, dos personajes -Micalco y Mondragón- que ahora lloran por los rincones y claman justicia, aunque obedecieron a Moreno Valle hasta que fueron desplazados por la inercia del gobierno que apoyaron, por más que hoy se digan próceres de una democracia que no ayudaron a construir cuando las circunstancias lo ameritaban). Por ese motivo, el gobernador ha hecho que su esposa sea quien dirija los destinos de su partido en el Estado. Un movimiento digno de una monarquía y que refleja un político solitario, que piensa que solo la alcoba es digna de su confianza. (De paso, el gobernador ha puesto en duda algo que tendría que estar fuera de discusión: la capacidad de su esposa para crecer políticamente sin la ayuda de su marido).

Las plumas aplaudidoras y serviciales del gobernador celebrarán la “democracia” de Acción Nacional, aunque la realidad refleja un partido en los tiempos de Moreno Valle: un instituto político minusvalorado y con el sello autoritario que ha ido imprimiendo a su gobierno. El gobernador de las inversiones y las grandes obras también es el gobernador que pretende “borrar” a la oposición, incluso cuando ella es tenue disidencia en su propio partido.

Con el ascenso de su esposa en el PAN poblano, Moreno Valle se muestra como un político incapaz de formar un grupo político, con el consecuente surgimiento de nuevos rostros que oxigenen sus aspiraciones presidenciales. Los cambios en su gabinete –más de sesenta– también son espejo de esa realidad donde una sola persona puede ocupar cuatro o cinco carteras, siempre y cuando demuestre su lealtad incondicional. En la lógica morenovallista, la alcoba manda y la lealtad permite seguir viviendo del presupuesto.

Sin embargo, en el pecado lleva la penitencia y el morenovallismo morirá con la caída de Moreno Valle en la carrera presidencial. Solo el éxito en su camino a Los Pinos le permitirá continuar maniatando a un grupo de políticos que lo siguen como soldados que obedecen sin crítica, que ejecutan sin criterio. En el momento que el gobernador pierda su voz de mando –y eso será cuando la realidad le muestre que el autoritarismo no es carta de aceptación que acumule adeptos para una elección presidencial- los soldados que lo siguen buscarán una nueva voz de quién recibir órdenes, porque su lealtad al morenovallismo depende del cargo que hoy ostenta Rafael Moreno Valle, en gran medida por su poca habilidad para permitir el crecimiento político de los miembros de un gobierno de lealtades y no de capacidades.

El espejo en el que se puede mirar el morenovallismo es el calderonismo. Tres años después de dejar el poder, solo quedan vestigios raquíticos de un grupo que gobernó seis años el país. Es el precio que se paga por despreciar a su propio partido.

Calderón ya sufre esa realidad; Moreno Valle ya lo verá.

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