1. Nuevas fuerzas irrumpen en el escenario electoral (candidatos independientes, como la punta del iceberg), con un común denominador: los partidos pierden credibilidad frente a la ciudadanía.
En otras palabras, no hay ganadores, porque no puede haber ganadores cuando más de la mitad del electorado no vota.

Cuando quienes votan dividen su voto de manera que es imposible identificar un mandato a partir de él.

El único mandato claro es el del abstencionismo/nulidad del voto: un cambio en el sistema es necesario. Se equivoca quien crea que abstenerse o anular el voto fue inútil; el mensaje es clarísimo: los partidos deben cambiar.

2. Decir que Peña sale bien parado de la elección es pasar por alto que se trata de una elección intermedia con baja participación (véase primer punto) y desdeñar la maquinaria electoral de su partido. La elección intermedia es un tibio control del gobierno en turno. Sigue siendo un termómetro de los partidos, que no de la presidencia.

3. El Partido Verde ha conservado el registro a costa del sistema electoral. Así se grave ha sido la elección de 2015, donde se refleja una autoridad electoral institucionalmente débil y herida. Es inminente y necesaria una reforma electoral. Los partidos no pueden violar la ley sin consecuencias y con ganancias, burlándose del INE de forma evidente.

4. La transición hacia la democracia está en entredicho porque sigue estando pendiente el cumplimiento de la ley; en otras palabras, que haya un Estado de Derecho. Los primeros que deben cumplirla son los primeros que la violan y de ahí en adelante el sistema se corrompe en su conjunto. El panorama, después de 18 años de elecciones ciudadanas, no es alentador. Los partidos han matado la transición. Devolverle un papel trascendente a la ciudadanía es necesario para aspirar a una democracia, que no al sistema de élites partidistas en que nos encontramos.

5. Las peores prácticas de compra y coacción del voto no han terminado. Siete elecciones ciudadanas no han bastado para que los partidos dejen de tratar al electorado como incapaz. La compra de spots y su difusión por encima de la ley refleja un sistema que falla porque no hay quién se imponga a los partidos: la fuerza del Estado es imperceptible.

6. Que el PRI sea uno de los “ganadores” de una elección intermedia no sorprende. Si se toma en cuenta que el porcentaje con el que “ganó” la elección representa una cuarta parte de los votos con una participación paupérrima, inferior a la mitad del electorado, hay muy poco que festejar.

7. Que en el peor año en la historia moderna para un presidente del PRI, en términos de imagen y corrupción, ningún partido haya logrado superar al otrora partidazo, no habla bien del PRI, sino mal del resto de partidos. Durante más de cuatro lustros (con financiamiento público a raudales) han sido incapaces de crear estructuras de partido -no clientelares- con las que puedan competir con el PRI.

8. La lectura en Acción Nacional, el partido de derecha, sigue siendo la misma desde hace casi 20 años: distanciarse del PRI y buscar el centro es la única fórmula que les permitirá competir con un partido que les gana en estructura y que, incluso, ha sumado a los empresarios que tanto presumía el PAN como su bastión. Acción Nacional necesita cambiar el discurso (hacerlo menos elitista y menos conservador) y sus acciones (los pactos en lo oscurito le hacen el daño). Un 20% de la votación es una cifra vergonzosa para un partido que en dos ocasiones ha ganado la presidencia de México.

9. En mayor o menor medida, el PRD perdió su cuota conforme a sus resultados históricos durante elecciones intermedias, lo que habla de un discurso poco atractivo y un voto duro que se ha dividido con Morena. Es un partido estancado. No solo está dividido, sino que está falto de una dirección menos totalitaria y una estructura partidaria menos jerárquica. Menos Chuchos y más izquierda, parece ser el mensaje ciudadano al PRD.

10. A todos esos problemas habrá que sumar las luchas intestinas de los partidos, principalmente en el PRD y el PAN. Bien podría decirse que entre las tribus del PRD y los grupos al interior del PAN hay poca diferencia. Su lógica es de exclusión y no de inclusión. Excluyen a ciudadanos y compañeros de partido para dar paso a los peones, alfiles y compadres. Hay excepciones, pero son eso: ejemplos al margen de la regla.

11. El partido de AMLO irrumpe en la escena electoral de forma importante. Quien minimice su 9% olvida dos cosas: que se ha presentado en solitario y que se trata de elecciones intermedias con escasa participación. Con un candidato carismático en 2018 y un discurso más de centro podrá competir por la presidencia y duplicar su presencia en la cámara baja. Ese candidato no puede ser López Obrador y ese discurso, ya se anticipa, no puede ser de ruptura. Este país necesita cambios, pero con rumbo. Quitar a los corruptos es solo el primer paso; Vicente Fox es la prueba de que echar al PRI de Los Pinos no es suficiente para transformar el país.

12. La apertura ciudadana de los partidos es deseable y de ella depende, de manera significativa, la legitimidad de quienes resulten electos. Los triunfos de candidatos independientes así lo muestran: el corsé de estos partidos (los que ahora tenemos) es demasiado clientelar y poco atractivo. Su apertura es la señal que los fortalecerá.
Tiempo Extra

Uno. “Moreno Valle y los pingüinos aplaudidores sin memoria”. Los porristas del gobernador aplauden y lanzan vítores a su héroe. “Invencible”, escribe uno; “aplastante”, jura otro. Es curioso: algunos, con toda razón, antes sostenían que el carro completo de Marín en 2009 era un espejismo porque era una elección federal. Seis años después, el azul nubla su visión.

Dos. Armenta, Chidiac y compañía son concesiones. Pudo ser carro completo.

Tres. La pintura nacional no favorece a Moreno Valle.

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