Medina Mora en la SCJN

En 1968, tras el 2 de Octubre, Octavio Paz renunció a la Embajada de México en la India. Fue el acto simbólico más importante de un diplomático mexicano durante la segunda mitad del siglo XX. Fue la forma escogida por el poeta para plantar cara a un régimen al que había servido, pero al que no podía solapar la represión hacia los estudiantes llevada a cabo en la Plaza de las Tres Culturas en Tlaltelolco. En 2014, tras Tlatlaya y Ayotzinapa, el Embajador de México en los Estados Unidos decidió defender a un gobierno que, en los hechos, es responsable y corresponsable, en ese orden, de armas tragedias. Ese embajador de México en Washington se llama Eduardo Medina Mora y ha sido propuesto por Peña Nieto para ser Ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

Peña Nieto ha enviado una señal importante con su propuesta: las élites no cambian. Medina Mora lleva casi tres lustros en el primer nivel del gobierno federal y su incursión en la Corte le aseguraría quince años más en un nivel importante de gobierno. Los compromisos de Peña son grandes y Medina Mora es parte de ellos. Los compromisos no son políticos, sino financieros. Medina Mora responde a un grupo importante de banqueros que buscan tener influencia en el máximo tribunal del país y que están cobrando una cuenta pendiente al hoy Presidente.

La pregunta no debe ser si Medina Mora tiene los méritos, sino si era el menos malo de los candidatos que podía proponer Peña Nieto. La constitución contempla requisitos relativamente laxos para ser Ministro de la Corte. Los “requisitos formales” los cubre Medina Mora de sobra, pero si la corte no busca un oficial de partes, sino un personaje que pueda contribuir a darle credibilidad a sus decisiones, la inclusión del ex-procurador no ayudará al máximo órgano del Poder Judicial.

Además, la incursión del ex embajador en Reino Unido es sinónimo de anemia de juristas brillantes alrededor del círculo peñista y, una vez más, del ninguneo hacia el Poder Judicial y la academia mexicana por parte del Ejecutivo. Los nombres de abogados brillantes sobran. Que sean Peñistas, también sobran. Pero que sean juristas, tengan el perfil empresarial y los vínculos financieros y bancarios del embajador, esos perfiles no existen. Punto a favor de Medina Mora, pero no a favor de las instituciones que requieren un personaje con altura de miras y no uno que mire desde las alturas.

La corte no necesita a Medina Mora porque sus vínculos políticos con el panismo y el priísmo van más allá de los requisitos formales que debe sortear para cumplir con la constitución. Los principios de imparcialidad y profesionalidad subyacen a los requisitos que debe cumplir una persona que aspira a ser Ministro de la Corte. El paso de Medina por la PGR no se pueda calificar de estupendo, a decir de los mismos priístas y, en relación a la imparcialidad, Medina Mora ha servido al foxismo, al calderonismo y al peñanietismo. Escoja Usted a cuál de ellos responderá el casi seguro próximo Ministro, por no decir de sus vínculos con los banqueros a través de su hermano.

Lo único cierto es que el ciudadano no ha sido el centro de las decisiones del funcionario Eduardo Medina Mora durante los últimos tres lustros y no estará presente en sus decisiones en la Suprema Corte. Sus declaraciones sobre Ayotzinapa lo retratan.

La propuesta de Peña no busca fortalecer a la Corte, sino tener un súbdito. Dejémonos a un lado las máscaras y digamos que Peña quiere un alfil en la Corte que levante el dedo y Medina está dispuesto a serlo. Su capacidad de político nadie la pone en duda; es su imparcialidad la que se discute.

Como jurista tampoco es el más brillante. Es el mismo procurador que, según la Corte de la que ahora quiere formar parte, fue responsable de que la sociedad mexicana no sepa si Florence Cassez es responsable o no. La PGR bajo su mando concluyó que la francesa era culpable del delito de secuestro, lo que la Corte desmintió en su famosa sentencia. Estamos en presencia de un personaje obediente, pero poco brillante. No más. No menos.

Y ya ni hablar de lo lejos que está de Octavio Paz. Entre el poeta y el candidato a Ministro hay una diferencia: es la línea que separa a un hombre de Estado de un súbdito.

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