El árbitro electoral está bajo fuego y no es casualidad. En las últimas semanas se ha alimentado la idea de la ineficacia del INE, a quien se le ha encomendado tareas demasiado complejas que lo convierten en árbitro, censor y órgano de discusión primario en materia electoral, con un poder que no conocía desde su creación. El INE es el Leviatán electoral y ahí encuentra el origen de sus problemas. El control de sus órganos es, a su vez, control técnico, de operación y de fiscalización de la elección. En otras palabras, lo que estamos presenciando es una consecuencia de la centralización de los órganos electorales.

Lo anterior se ve alimentado porque, salvo excepciones, los Consejeros responden ciegamente a los intereses dictados por el partido en el poder. Son personajes menores, pues.

Para salvar al INE de esa dinámica perversa se necesita la unión de los partidos políticos de oposición. Por eso, es una señal esperanzadora que esos partidos se retiraran de la mesa del Consejo General la semana pasada. Ese mensaje pone de relieve que el arbitro funciona como órgano garante siempre y cuando haya un equilibrio de fuerzas. Hoy, toda decisión del INE parece pasar por el filtro de Los Pinos; el equilibrio se ha roto.

En ese sentido, el ejemplo del partido verde ecologista de México (verde y ecologista solo de membrete) es una muestra de que al PRI (porque el verde es una rama del PRI) no le interesa la opinión del árbitro electoral. La razón de ese desdén no es casualidad: desde Los Pinos miran al INE como un órgano en el que han crecido personajes non gratos para sus intereses y después de las elecciones quieren cambiarlos. La campaña de mostrar al INE como un órgano inoperante tiene destinatarios.

El problema, como se ha apuntado en otro momento, es el modelo. El INE no sirve como garante con el ánimo centralista que se introdujo en la última reforma electoral. El árbitro no puede ocuparse de todo, cuando en realidad muchas de sus “funciones electorales” son funciones de las que debería ocuparse la administración central y no el órgano electoral. El manejo del padrón electoral y la credencialización, por ejemplo, son necesarios ante la falta de una credencial de identificación a nivel nacional, función que le debería corresponder al poder ejecutivo.

De igual manera, la función de asignación de partidas para los institutos políticos es una función que va más allá de la función de un órgano electoral, mucho más tomando en consideración la situación política actual. Los partidos le han dado la bolsa al INE para que reparta un botín del que ellos deberían ser los únicos responsables. En el actual modelo, parece que el Instituto es el responsable del derroche de recursos en las elecciones, cuando en realidad son los partidos quienes han decidido asignar el monto a repartir.

Es necesario un modelo distinto, pero ello no debe significar un nuevo cambio de consejeros, aunque desde Los Pinos no piensan lo mismo y querrán aprovechar la coyuntura -esa imagen de inoperancia, que alimentarán durante la elección- para reforzar el control sobre el órgano electoral. Lo que en realidad les preocupa es la fiscalización, sobre todo después de ver lo complicado que fue mostrar –sin éxito– que el caso Monex se dio dentro del marco legal. El derroche está a la vuelta de la esquina y no quieren una piedra (consejeros) en el zapato. Los partidos de oposición tienen la última palabra. De ellos depende, en buena medida, la eficacia del INE como órgano clave en el sistema electoral mexicano.

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