Los “demócratasEso no significa solapar el escenario r, a.

razcuanto funcionen democrerocracia nacional bien habrnadie alega a favor de los au” sintieron alivio cuando Felipe ganó la elección. Arropado por Fox y con una alianza con Elba Esther, Calderón tachaba a AMLO de ser “un peligro para México”. La campaña sucia dio frutos y el PAN ganó la presidencia. El “candidato del empleo” vencía al “peligro para México”. El triunfo del “bien” sobre el “mal”. Para su desgracia, ni el empleo llegó ni el peligro era AMLO (sino el narcotráfico).

Los que allí aplaudieron no repararon que los discursos de AMLO y Calderón eran similares: ambos apelaban al pueblo bueno y al pueblo malo. Unos acusaban a otros de ser la casta, la cúpula, la mafia, y ellos se asumían del lado del pueblo bueno, del lado de los pobres. Para los otros, AMLO y sus fieles eran los peligrosos, rijosos y populistas, mientras que ellos representaban la estabilidad, eran los demócratas, los amos de la legalidad. Ambos construyeron un escenario poco democrático en términos discursivos y estimularon la hoguera del tejido social.

El “peligro para México” terminaría perdiendo la presidencia por segunda vez en 2012.

Los mismos personajes sintieron alivio por segunda ocasión cuando el candidato del “nuevo PRI” –que, al igual que AMLO se negó a debatir en más ocasiones que las señaladas por la ley– venció con dos sellos: televisión y dinero. También él hizo promesas que sonaban a populismo. Esa tentación de convertirse en icono de una (falsa) esperanza.

Tal parece que vencedores y vencido no eran tan diferentes entre sí. Entre el recorte presupuestal anunciado el viernes, las casas con sus contratistas, las tragedias de Ayotzinapa y Tlatlaya, y la clase política sorda ante la indignación ciudadana, no se sabe quién utiliza/utilizaba al pueblo, si (solo) quien representa/representaba un “peligro para México” o (solo) quien después de las elecciones no quiere encontrar interlocutor en la ciudadanía.

¿AMLO mandó al diablo a las instituciones? Es cierto. ¿A cuáles instituciones? Si son las mismas que permiten la corrupción y que alientan su uso contra los intereses de la ciudadanía, valdría la pena preguntarse si esas instituciones deben permanecer intocadas.

Nadie quiere vivir en un sistema distinto a la democracia, solo que esa democracia y sus instituciones no están funcionando del todo. En ese sentido, habrá que “mandarlas al diablo”, siempre y cuando eso signifique rehacer o desterrar las que propician la lógica perversa de corrupción. Un ejemplo puede ilustrar el argumento: ¿Qué aporte democrático tiene en el México de hoy la Comisión Nacional de Derechos Humanos? No se trata de un alegato en contra del sistema de derechos humanos, sino de repensar la experiencia de ombudsman mexicano, que casi siempre ha tenido como preocupación superior el ser instrumento del poder en turno y no la protección de los derechos mínimos de la ciudadanía. Sin pretender exagerar, parece necesario cambiar la institución o desterrarla, porque la actual abona poco y aparenta mucho en la democracia de nuestro país.

En el sistema mexicano algunos ven una democracia como un vaso medio vacío y otros como un vaso medio lleno. Pocos se percatan que el vaso tiene fracturas. Más vale tomar en serio los señalamientos del “populista”. Puede no gustar y considerarse un “peligro para México”, pero el mayor peligro es continuar con el tejido social roto y con instituciones poco funcionales.

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