Rafael Moreno Valle y sus fanáticos asumen que el tamaño de la obra pública es directamente proporcional a la grandeza de un gobierno. Olvidan que la obra pública es necesaria para gobernar, pero insuficiente para transformar una sociedad.

Los aduladores ignoran que, bajo su premisa, el gobernador es un mero gestor empresarial. Que exista obra pública a precios razonables tiene el mérito de administrar los recursos que los ciudadanos ponen en sus manos. Mérito propio de un administrador, pero lejos de un hombre de Estado.

Lo cierto es que el morenovallismo ha sido de claroscuros. Acertó con el establecimiento de Audi en Puebla. Es su triunfo más importante y, probablemente, el menos explotado en términos políticos. Entre sus yerros sobresale la crisis de Chalchihuapan que lo mostró torpe y con poco tacto político. Además, tres aspectos ensombrecen su gestión: falta de transparencia, nula separación de poderes y una universidad pública sometida.

En cuanto a la transparencia, el gobierno apuntó hacia la oscuridad al maniatar dos organismos clave: la CAIP (Comisión de Acceso a la Información Pública) y el IEE (Instituto Electoral del Estado). La elección de los miembros de ambos organismos refleja cercanía y sumisión a Casa Puebla, además de funcionarios capaces de votar cualquier cosa, siempre que se refleje en sus aspiraciones burocráticas.

En cuanto al Poder Legislativo, el gobernador optó por debilitarlo cuando ya de por sí era endeble. Es el entendimiento erróneo de la oposición como enemigo y no como contraparte política que legitima la actuación del gobernante. El Legislativo es corresponsable y gobierna siempre que exista esa oposición (de manera real) y los asuntos se discutan (también de manera real). Un legislativo humillado no legitima, sino que confirma la hipótesis del autoritarismo.

Por otra parte, el nombramiento de personajes menores cercanos al gobierno como Magistrados y el movimiento interno de jueces “a modo” muestran que el sexenio morenovallista ha significado un cambio de personajes en el Poder Judicial, pero no ha modificado la pleitesía hacia el Ejecutivo.

Por último, la Universidad ha pasado a ser parte del gabinete estatal gracias a la ambición gubernamental (muy parecida a la de Marín) y de una universidad con cúpula entreguista (como su antecesora). El Rector se asume como uno más del equipo de Moreno Valle y su implicación en el tri-pack (convenios de publicidad del Gobierno del Estado, Ayuntamiento y Universidad, en conjunto) revela que la casa de estudios que dirige Alfonso Esparza tiene el rumbo perdido (con Agüera tampoco era el correcto). La razón de esta claudicación universitaria es política y económica. Su pasado los condena y el presupuesto los apremia.

Así, el gobernador apuesta su capital político al manejo de los medios y a la obra pública como estandarte, porque el fortalecimiento institucional lo ha dejado para mejor ocasión. El riesgo que corre es mayúsculo: no falta mucho para dejar de verlo inaugurando obras y sus medios no siempre influyen como él quiere.

Con el paso del tiempo el gobernador echará de menos la oportunidad perdida de convertirse en hombre de Estado. Algo así como la diferencia entre poder ser Winston Churchill y terminar siendo Margaret Thatcher; entre poder ser Cárdenas y terminar siendo Calles; entre poder ser estadista y terminar siendo Varguitas (el personaje inolvidable de la Ley de Herodes).

El gobernador olvida que el camino del estadista también conduce a Los Pinos. Moreno Valle ha optado por uno distinto; no necesariamente el peor para él y no necesariamente el mejor para Puebla.

Tiempo extra: Gracias Status, a Alejandro y a Valentín por el espacio. Espero que mis colaboraciones sean dignas de su confianza.

memorialpolitico.wordpress.com

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