Hace poco más de tres meses, el Presidente y su equipo defendían a capa y espada la creación de la Gendarmería Nacional. El problema se resolvía a nivel federal (según se leía). Aseveraban que esta policía trataría de “construir una relación de respeto y confianza con las comunidades donde sea asignada, esta nueva corporación tiene las capacidades para lograrlo”. Ahora cambian de estrategia (una vez más) y piensan que el problema está en las policías municipales y han decidido desaparecerlas y optar por tener sólo 32 policías en todo el país. Un galimatías que origina una pregunta obvia: ¿Ese mismo problema se tenía hace tres meses o es una situación novedosa? La respuesta es por todos conocida.

Lo cierto es que el diagnóstico de Peña y su Gobierno es incorrecto y estrecho ante la crisis desatada por el caso Ayotzinapa. La tragedia fue consecuencia de una simbiosis del crimen organizado con el Estado. Si se quiere ver en términos menos drásticos, fue una infiltración del crimen organizado en el Estado. El crimen organizado no sólo infiltró a la policía, sino que era su jefe. Por ello, la mejor policía del mundo será inútil si quien le ordena (llámese Presidente Municipal, Gobernador o Secretario de Seguridad Pública) está coludido con el crimen organizado. El #Yamecansé ha sido interpretado de manera errónea. Se trata de reparar una maquinaria (el Estado) que funciona de manera incorrecta, pero el Presidente ofrece cambiar al celador (policía) que vigila su funcionamiento.

Mientras no haya una lucha real contra el blanqueo de dinero, el tráfico de drogas y la corrupción, toda medida será estética. Además, dentro de las medidas del Presidente faltó una revisión de los sistemas de inteligencia (federales y estatales) y del papel policiaco que está desempeñando el ejército, por mencionar un par de temas que están fuera de la agenda. Lo servicios de inteligencia fallaron al evitar Ayotzinapa y desde hace ocho años el ejército realiza funciones de policía. Los resultados están a la vista de todos, pero el Presiente nada ha dicho al respecto.

Asimismo, las respuestas del Presidente reflejan un viejo PRI: centralismo y discurso. Centralismo porque, ante el irregular desempeño a nivel municipal y estatal, la respuesta es una asunción de funciones a un nivel superior. Ese fue el germen del nacimiento de la Policía Federal Preventiva desde que Francisco Labastida era Secretario de Gobernación hace 15 años y se trata de la misma cantaleta de Felipe Calderón. Hoy Peña retoma ese centralismo y va más allá: amenaza con desaparecer un gobierno municipal ante indicios de corrupción. Un despropósito centralista en su máxima expresión. En este sentido, Peña se acerca mucho al Calderón que tanto criticó, ya no sólo en los hechos –que no han cambiado un ápice– sino también en el discurso: policía única, mando único, él, es la solución. 

Las propuestas del Presidente no sólo generan dudas (lo que es normal, dada la situación), sino que producen un nuevo desencanto. El acto fastuoso de Palacio Nacional demuestra la obsesión peñista por la “imagen”, cuando la calle refleja la distancia entre la clase política de Palacio Nacional y el ciudadano que exige respuestas. Demuestra un Peña de discursos, tan cercano a López Portillo y tan lejos de la austeridad republicana.

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