El discurso del Presidente Peña Nieto flota en una laguna de vaguedades cuando intenta explicar las bondades de las reformas constitucionales y legales de su sexenio. A pregunta expresa sobre los beneficios de la reforma energética, el Presidente mira al pasado y refleja en él las ventajas de la reforma. No es la calidad de la construcción constitucional y legal la que alaba, sino la “movilidad”. No es lo bueno del futuro, sino el horror del pasado que no podía permanecer estático; no es la ventaja del cambio, sino el cambio mismo, independientemente del incierto beneficio.

 

El Ejecutivo apela a las ventajas de dejar atrás el pasado, el México que debía transformarse y a la necesidad de un andamiaje constitucional y legal distinto. En un parangón médico, Peña describe el cuerpo mutilado y enfermo del país (el pasado), insiste en la pertinencia del remedio (las reformas), pero en ningún momento es claro sobre el paciente que espera encontrar al final del sexenio (las ventajas del tratamiento). Peña suscribe una receta, pero el ciudadano desconoce la proyección de futuro que propone el Presidente y su gobierno.

Peña insiste en un peligroso “yo o el inmovilismo”. Las reformas del Presidente tienen un componente demagógico innegable porque no hay una propuesta de futuro sino un temor al pasado inmóvil en el que deambulaba el país. Un peligroso componente autoritario se asoma en la deconstrucción constitucional emprendida por el gobierno peñanietista. El discurso recuerda a Pinochet en el plebiscito sobre su continuidad. El caos (el pasado, en el discurso de Peña) o yo (la movilidad, en el caso mexicano). Sólo el tiempo dirá si el argumento del miedo (al inmovilismo) fue atinado, pero el viento de la experiencia no sopla a favor del Presidente. Hay un proyecto claro de beneficios económicos para constructoras y contratistas, pero muy es muy dudoso el impacto real de las reformas en la vida, el hogar, la educación, la cultura y el bolsillo del ciudadano mexicano.

 

El gobierno de Peña Nieto juega con un obstáculo insalvable: el tiempo. Argumenta que los beneficios de la reforma no serán inmediatos. Tampoco precisa un plazo claro en el que se reconozcan los beneficios de las reformas y si esos beneficios serán los que el país necesita no sólo para moverse, sino para transformarse. Omite aventurar pronósticos por miedo a fallar, pero asegura, sin miedo al error, que los beneficios serán palpables. Una incertidumbre en cuanto al tiempo y una certeza en cuanto al efecto. La duda y el recato en lo que puede perjudicarle; la certeza y la afirmación en lo que en el discurso le beneficia.

 

El gobierno apela a la comprensión del ciudadano si las reformas estructurales en las que se ha invertido dos años de gobierno y millones de pesos no arrojan el resultado esperado. Los gobiernos que prometieron abundancia, desarrollo, estabilidad, un país de primer mundo y un país de empleo, hoy aseguran que habrá un México exitoso, sin precisar cuándo y sin aventurar el grado de éxito que se espera. Demandan el perdón anticipado de la ciudadana. El viento reformista arrojará algún resultado, aunque incierto en la forma, en la profundidad y en el momento.

 

Las preguntas de fondo son constantes y siguen sin respuestas claras que alumbren las tinieblas reformistas ¿Es la reforma educativa el parte aguas necesario para mejorar el nivel de la educación mexicana?; ¿Es la reforma en telecomunicaciones la mejor respuesta para terminar con el abuso burdo de contenidos por parte de los medios de comunicación dominantes?; ¿Las reformas fortalecieron instituciones como el INE, el IFAI, el IFETEL, la CNDH?; ¿Cuándo y en qué medida beneficiará la reforma energética a la ciudadanía?

 

Existe una tarea pendiente en la estructura reformista de Peña Nieto: el combate a la corrupción. Se trata de una tarea que incumbe al Presidente y a la clase política mexicana en su conjunto. Sin un cambio radical, la corrupción –ese problema que el Presidente considera “cultural”-, seguirá siendo el cáncer que permita una afirmación aventurada: las grandes reformas son un canto de sirenas.

 

Una afirmación que no por aventurada carece de fundamento.

 

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