La generación del 94

El año que define a mi generación es 1994.

El sistema político cambió y también la sociedad mexicana. No fue sólo consecuencia del Tratado de Libre Comercio, el error de diciembre, el asesinato de Colosio o el alzamiento armado en Chiapas. En realidad, lo que 1994 trajo a nuestra sociedad fue el despertar… de una pesadilla.

Un funcionario de la administración Clinton me confesó que “Salinas sabía que el país tenía problemas y que podía hundirse; nosotros se lo dijimos”. Pero la negación de la realidad atrapó una vez más al Presidente en turno y nuestra realidad “nos alcanzó”. Para el 1 de enero de 1995, un año después, teníamos un Presidente que no había sido “el tapado”, una devaluación económica a pesar de las promesas de desarrollo, un alzamiento armado que había puesto contra las cuerdas al Gobierno y había expuesto la miseria que pocos se atrevían a ver y un Tratado de Libre Comercio que no servía de mucho. El país en su máxima expresión.

En un año, 1994, nuestros sueños de grandeza se esfumaron. Y mi generación tomó nota de ello.

Estamos marcados por ser la primera generación en que las elecciones competidas son una constante, pero que ha aprendido que la democracia está lejos de conseguirse en las urnas, ya que la pobreza, la desigualdad y el abandono son las constantes en las calles, y en las oficinas de gobierno (incluyo a los tres poderes) la corrupción es la reina omnipresente.

Somos la generación del despertar. No somos a quienes reprimieron, sino a quienes sacudieron. Eso fue 1994: una sacudida que despertó a la sociedad no por una hecho trágico (como lo había sido el terremoto de 1985) sino porque, para nosotros, el país no fue, nunca más, un país de paz (que en cierta manera era una bandera del partido oficial).

Somos una generación que en 1994 comenzó a ver sangre. La sangre que brotó de la cabeza de Colosio, que salpicó una y otra vez la mente de nuestra generación, sigue presente con los muertos de la guerra del narcotráfico. Somos la generación que más sangre ha visto correr desde la revolución. Sangre que se ve y que se esconde. Vimos la de Colosio, la del Cardenal Posadas, la de los capos del narcotráfico, pero se escondió la sangre de los muertos de Acteal o la de miles de indocumentados sin rostro.

Somos, pues, una generación marcada por la sangre.

Mario Aburto disparó a Colosio y con ello marcó a una generación, no por sentirse identificada con el candidato caído, sino con la desolación provocada. Estamos más cercanos a Javier Sicilia, Alejandro Martí o a Nelson Vargas por su pena, que a Colosio por su posible aire demócrata. Seguimos siendo el México de pobreza, de falta de oportunidades, de desigualdad, que veía el candidato tricolor en 1994. Ese México no ha cambiado. Ha habido más elecciones, pero sigue siendo un país de desigualdades. Poco ha cambiado entre el sector social al que pertenecía Colosio y que veía pobreza y hambre, y el México pobre y hambriento al que poco ayuda esa clase política.

Somos la generación del 94. Ahogada en sangre y ávida de democracia; más allá de las elecciones.

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