La normalidad siniestra

 

Lo atroz se ha vuelto cotidiano. 

Es el México en donde la crueldad se respira, aunque la sociedad, los medios, el gobierno, todos, no se enteren o no se quieran enterar.

Todos lo saben.

El drama recuerda la “Crónica de una muerte anunciada”. El pueblo entero, esa sociedad acostumbrada a la atrocidad, sabe que está sangrando y el puñal en sus entrañas lo mata poco a poco.

Y es que no hay peor necio que quien se niega a ver, a pesar de sentir.

La sociedad mexicana parece dedicada a eso: su misión es no sentir, negar el sufrimiento, la realidad que la ahoga, la existencia del otro, la violencia, e incluso negar  a los violentos. Somos un pueblo que se ríe de la muerte, que juega con ella, pero que también ha empezado a negar su existencia. Pensamos que la risa soluciona nuestros pesares, cuando en realidad es una fachada en la larga noche de las decisiones. La república debe decidir ser una democracia o los retazos de un régimen autoritario. Decidir entre ser o negar, entre vivir democráticamente o insistir en el mundo en el que nada pasa.

Las opciones no son demasiadas como sociedad que anhela la democracia. Se trata de asumir la conciencia y la madurez de lo que se quiere ser; de asumirse como la niña  pequeña de Estados Unidos o la República que puede regir sus designios. Decidir entre atreverse a nadar en el mar de la incertidumbre o flotar en el el mar muerto.  

Porque la vida democrática no se finca en falsos pilares. No se construye en el desdén ni en la apatía, sino que se basa en la voluntad y la pasión; en el atrevimiento y en la madurez. Los valores de una sociedad que aspira a “ser” no pueden romperse antes de que inicie su vida democrática. Y eso pasa con este país: que hay quien piensa que somos una democracia, pero los hechos nos refutan que estamos lejos de esa orilla. Se piensa que los valores democráticos se han ganado en las urnas, cuando en realidad se han perdido en las calles.

Somos una sociedad atrapada por un pasado autoritario y cuyo presente pensamos que se resolverá sin nuestra participación. La república del mundo feliz, pero que no se da cuenta que se hace más daño con la apatía, la negación y el olvido. Es una sociedad que sólo huye, que sólo niega. 

 Un día tendremos que dar el salto. El puñal habrá hecho aún mayor daño en las entrañas de esta sociedad lastimada. El alma de la república soporta un dolor sórdido, innecesario, tan indiferente para algunos, tan inhumano para todos. Tan real, que sólo una sociedad necia niega a cada instante, con cada muerte, aunque los parques estén vacíos y no haya niños que jueguen. El miedo ocupa un espacio en su vida y los ha orillado a una normalidad siniestra. 

 Superaremos esta atrocidad cuando nuestra indignación vaya más allá de la tendencia del twitter, del facebook, de una marcha o de un plantón; cuando nuestra conciencia de la muerte con violencia mire este campo desolado como una condición inaceptable; cuando estemos dispuestos a mirarnos en el otro que hoy sufre, que es víctima; cuando aceptemos la otredad como un factor determinante de nuestras vidas. Porque nosotros somos el muerto, el secuestrado, el torturado, el periodista asesinado, el inmigrante vejado, la joven prostituida o el niño violado por el pederasta. 

Porque las víctimas somos nosotros.

Porque “no hay yo, siempre somos nosotros”.

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