¿Los muertos en el armario?

No existen representantes de quiénes son excluidos de un sistema político. La frase cobra valor de cruda verdad cuando se trata de quiénes no quieren ser vistos o quiénes, en la banalización de un drama, han pasado a ser meras cifras sexenales.
 
Además, en nuestro país no existe justicia para los muertos y sus deudos. Me refiero a los muertos por la guerra emprendida por un Presidente que sonríe con desparpajo (el mismo que da la impunidad).
 
Pero tampoco existe justicia cuando ésta no es buscada. Un líder catalán solía contestar a las preguntas incómodas con un “hoy no toca”. En México, hablar de los muertos, buscar una explicación ante tanta injusticia y exigir responsables, es contrarrestado por la clase política con un rotundo “hoy no toca”.
 
Como mucho, dentro de la clase política se sueltan cifras que parecen ofender a unos u otros de sus miembros, cuando en realidad ofenden a la sociedad. Decir que los desaparecidos en el sexenio anterior fueron mil o siete mil o veinte mil no hace ni mayor ni menor un drama que es de magnitudes estratosféricas, más allá de la razón que tengan unos u otros.
 
Los defensores del Calderonismo parecen congraciarse ante la equivocación en la cifra de los miles de muertos o desaparecidos Los contrarios parece que tienen mayores argumentos cuando dicen que no son 60 mil los muertos por la guerra de Calderón, sino 70 mil o que los desaparecidos son 20 mil. Una guerra estúpida de cifras, sin mayores consecuencias.
 
Por supuesto que hace falta saber quiénes son esos muertos y saber quiénes son los desaparecidos. España, Argentina y Chile son ejemplos de países en los que, décadas después, siguen sangrando las heridas provocadas por no saber ni siquiera la identidad de los afectados. Osorio Chong o Lía Limón, Calderón o Peña Nieto, la izquierda o la derecha, los priístas o los perredistas, la clase política toda, le deben una explicación a la sociedad, pero, sobre todo, le deben el trazado de un camino de futuro. Si son 60 ó 70 mil muertos, 20 mil ó 3 mil los desaparecidos, la cifra es, per sé, lo de menos. No se me malinterprete: el drama es lo catastrófico, no sólo afirmar o negar que son 60 ó 70, 5 ó 10, 20 ó 30. Dos cosas importan: saber quiénes son y que se fije una postura sobre qué es lo que se hará al respecto.
 
Pactar el olvido, emprender actos de justicia o una cacería de brujas selectiva son caminos que se pueden tomar. Que la clase política decida. La segunda opción es lo ideal; las demás, son una opción más, con tragos amargos y grandes heridas. Pero lo peor es seguir viviendo en un show mediático donde sólo se lanzan cifras, en un espectáculo grotesco de la banalización de la vida, de la sociedad, de los valores.
 
Si olvidamos, si se hace justicia o si sólo se emprende una cacería de brujas se puede entender mediática y políticamente (que no justificar). El silencio y la obscuridad de las decisiones es lo que causa una indignación mayor. No es sólo la muerte o la desaparición lo que indigna. Ahora es, también, ese atentado contra la memoria e inteligencia de una sociedad que quiere, al menos, que le avisen si se quiere dejar a los muertos en el armario. 

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