Nadie se imagina a Michelle Obama quitándose el apellido del marido. Nadie lo imagina porque con el nombre no se juega (no es vestimenta que se cambie de acuerdo al humor), porque su relación con el marido es simbiótica y porque el apellido Obama le trae más positivos que negativos.

Con Martha Erika y Rafael Moreno Valle no pasa lo mismo.

Martha Erika decidió dejar de lado el apellido de su marido que usaba como suyo. Era la señora de Moreno Valle y ahora dice que eso quedó atrás. Y más: acusa de misóginos a quienes la critican llamándola “la señora” del exgobernador.

Martha se equivoca. Ella fue quien durante 7 años usó el apellido de su marido para posicionarse políticamente.

Durante 7 años, ella y sus asesores colocaron como parte de su nombre el apellido de Rafael. Les convenía. La asociación entre Martha Erika y Moreno Valle le permitía posicionarse presumiendo los logros (raquíticos o desbordados, como se quiera ver) de la gestión de su marido como gobernador.

Pero un día Martha Erika ya no quiso ser Moreno Valle, sino sólo Martha Erika Alonso. Es su momento, dice. El de su marido quedó atrás, dice, aunque la realidad demuestra que si Martha Erika omite el apellido que gallardamente usó durante 7 años es por un tema de lógica electoral: el marido genera más negativos que positivos.

Él no es Obama ni Martha Erika es Michelle.

Usar el Moreno Valle causa escosor. En la decisión de quitarse el apellido que usó durante 7 años, se resume un periodo que para Puebla ha sido de más sombras que luces.

Pero Martha Erika olvida lo que todos saben: puede llegar a ser gobernadora, pero todo es gracias a que su marido así lo decidió. Si la voluntad de Rafael hubiese sido presentarse como candidato a la presidencia -lo cual era su plan inicial- las aspiraciones de Martha Erika se hubiesen visto truncadas. No sería por la conveniencia de no estar en la boleta presidencial y gubernamental al mismo tiempo, sino porque Martha Erika es sólo una carta en la baraja de su esposo. La carta que al final le permitió quedarse con la candidatura al gobierno del Estado estuvo sobre la mesa como ficha de cambio. Martha es porque Rafael así lo quiso y así lo quiere. Puede omitir el apellido, pero sigue siendo una pieza de Moreno Valle.

Su candidatura la ha ganado por los dos grandes defectos políticos de su marido: su incapacidad para conformar un grupo político fuerte y su afán por controlar monárquicamente el Estado que gobernó y delegar el poder según su deseo. Ya puso mini-gobernador y ahora está a punto de lograr que su cónyuge se quede con la oficina principal de Casa Puebla.

Pero, si bien la habilidad política de Moreno Valle no está en duda, el panorama permite ver que se trata de logros conseguidos al amparo de una oposición gris, sin estructura, sin liderazgos, sin ambición y con objetivos cortoplacistas. La Puebla en la que Moreno Valle impone de candidata a su mujer y en la que ella se presenta como opción democrática no es sino una quimera: ni se trata de una democracia ni se trata de una sociedad desarrollada.

No será la primera vez que un familiar de alguien que ya ocupó el cargo de gobernador aspire a ello. Lo hicieron los Ávila Camacho, los Bautista y el propio Moreno Valle Rosas, nieto del médico Moreno Valle. Es una Puebla de familias, no de instituciones. Una Puebla más cerca de la aristocracia que de la democracia.

Además, resulta un tanto paradójico: quien tiene amplias probabilidades de ser la primera gobernadora poblana y la primera gobernadora panista, no logrará su cometido gracias a su trabajo político (nulo, por más que sus amanuenses quieran pintar otra realidad), sino por voluntad de su marido y como consecuencia de que éste vio frustrada su aspiración de convertirse en Presidente. Todo congruente con la conservadora sociedad poblana y con el ultraconservador Partido Acción Nacional.

Martha Erika así lo confirma: candidata, política y, tal vez, gobernadora, por obra y gracia de su esposo.

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