No creo que las elecciones de 2006 hayan sido ejemplares.

Tampoco creo que hayan sido un ejercicio de democracia que muchos analistas (“liberales”, según ellos) consideran como “normal” en periodos de transición.

En ella, los principales candidatos se enfrascaron en un discurso fascista y reduccionista.

Uno, el de izquierda, señalando y distinguiendo entre el pueblo bueno y la mafia del poder; y otro, el de derecha, estigmatizando a su contrario como un peligro para el país y ofreciéndose como la salvación de la nación.

No criticaban al contrario: lo descalificaban y lo desdeñaban por ser parte de la mafia o por encarnar el peligro, lo que en democracia tiene un costo mayúsculo si se entiende que tarde o temprano habrá que negociar pactos, políticas, leyes o decisiones con esa mafia o ese peligro para el país.

En consideración a ello, buena parte de los discursos políticos de odio que se escuchan en México tuvieron un origen o un cenit –según se aprecie– en AMLO y en Calderón, aunque los analistas e intelectuales orgánicos solo alcancen a apreciar la responsabilidad del tabasqueño.

Aún así, siempre he confesado que mi voto en esa elección no fue para López Obrador.

La razón es una y puede ser insuficiente para muchos, pero para mí es válida: no puedo votar por alguien que se niega a debatir.

Si las campañas políticas no sirven para que los candidatos debatan, no tienen razón de ser.

En el 2006, AMLO no quiso debatir en el primer debate entre candidatos organizado en abril de ese año, cuando era amo y señor de la campaña presidencial y sentía que la ventaja que le daban las encuestas lo hacía inalcanzable.

Su razón era que el debate solo iba a servirle a sus adversarios para atacarlo (bajo la misma lógica, Obama no hubiera debatido con MacCain, quien siempre lo intentaba descalificar como “comunista”).

AMLO olvidó que la exposición de argumentos y la habilidad para contraargumentar es algo que se espera que los políticos demuestren.

Por eso no voté por AMLO; porque su actitud me pareció antidemocrática.

El mismo escenario se repite constantemente y los políticos (menores) se niegan a debatir cuando sus encuestas les susurran al oído que son dioses.

Por ejemplo, en 2012, Enrique Peña Nieto se negó a acudir a un debate organizado por un grupo importante de jóvenes.

Recientemente, en España, el candidato de la derecha y Presidente de Gobierno, Mariano Rajoy, se negó debatir con las tres fuerzas de oposición más importantes.

El político español alegó que los debates entre dos candidatos son los que importan y lo que siempre se ha hecho, con lo que demuestra que es un político corto de miras y arcaico.

Una mirada a la política estadounidense, por ejemplo, o una mínima explicación de la importancia de las tecnologías de la información servirían de mucho a alguien que gobierna y pretende seguir gobernando un país europeo.

Entre otras cosas, también por eso no voté por Peña Nieto y si fuera español no votaría por Rajoy.

Porque igual que López Obrador en 2006, no tienen un respeto mínimo por la importancia de la arena democrática y por la oportunidad de demostrar a los electores que pueden hacer algo más que descalificar a sus contrarios.

Al igual que AMLO en 2006, Peña –en su momento– y Rajoy –ahora– se muestran como antidemócratas.

Son el narciso que se mira al espejo de las encuestas para sentirse el más bello, apreciado y aclamado.

Desgraciadamente, los antidemócratas a veces tienen éxito.

Peña lo tuvo y Rajoy puede que lo tenga.

Aunado a ello, los “intelectuales” y grandes “pensadores” tendrán pocos calificativos para Peña o Rajoy a partir de su falta de disposición a debatir.

Para ellos, lo que importa es señalar a los populistas.

A los antidemocrátas no los tocan.

Para eso, faltaba más, está su libertad para acudir o no a debates a los que la ley no obliga.

Es la libertad entendida como una excusa burda para ocultar carencias o para proteger a los próceres de la plutocracia.

* Texto Publicado en StatusPuebla.com el 3 de dic de 2015

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