Las palabras del González Inárritu, al recibir el premio más importante en el mundo del cine, acarrearon críticas de quienes se sintieron ofendidos. Los ataques van desde los que descalifican al director mexicano por hablar desde la comodidad elitista de Hollywood y preguntan qué ha aportado aportado Iñárritu al país, hasta las respuestas mesuradas del presidente o las críticas combativas del PRI.

Lo cierto es que después de presenciar el desastre del INE durante las últimas semanas, la postulación de Carmen Salinas como candidata plurinominal por el PRI y las batallas estériles de la oposición en la configuración de sus listas de candidatos, no está de más preguntarse si tenemos el gobierno que merecemos.

Guillermo Sheridan se preguntaba algo similar cuando reflexionaba sobre una cuestión que parece cómica, pero es trágica, ¿pagar impuestos es un delito? Dada la corrupción política y suponiendo que una buena parte de las aportaciones al erario público terminan en manos de políticos corruptos, no está de más preguntar si alimentamos con actos legales e ilegales el monstruo de gobierno que tenemos. El solo planteamiento (ficticio, pero revelador) muestra el grado de corrupción que percibe la ciudadanía.

¿Qué tanto aportamos a este desastre?

Es cierto que mucha de la corrupción política es reflejo de una sociedad que asocia el incumplimiento de la ley con un ejercicio de gracioso malabarismo y no de debilitamiento de las instituciones. Por ejemplo, un periodista poblano se rasgaba las vestiduras por las foto-multas a automovilistas que circulan a alta velocidad, pero nunca leí que criticara a los automovilistas que rebasaban los 90 km/hr permitidos. Parece no haber lugar a dudas: el ciudadano mexicano ha contribuido, en buena medida, a vivir en la ilegalidad en que nos encontramos.

Esto no quiere decir que tengamos el gobierno que merecemos. Las prácticas de corrupción que dominan muchas relaciones en todos los niveles y estratos sociales no justifican un actuar del gobierno que, precisamente, tiene como misión atacar esas prácticas. En el mismo ejemplo de las foto-multas, los excesos e ilegalidad de las autoridades no se justifican por la disminución de los decesos o por la imprudencia de los ciudadanos que manejan a exceso de velocidad y producen accidentes o muertes. El gobierno debe ser coto de la ilegalidad y no su impulsor; debe ser solución, no parte del problema; debe plantear salidas y no ser obstáculo.

Las palabras de Iñárritu irritaron a muchos que lo descalificaron incluso por vivir en el extranjero, olvidando que, si así lo hace, se debe a que las oportunidades en un país como México se ofrecen a cuentagotas –si es que se ofrecen. Las palabras del director mexicano deberían invitar a la reflexión seria, no a la descalificación burda o al uso político que la oposición le quiere dar, cuando en realidad ellos también son parte de ese gobierno al que criticaba Iñárritu (el Pacto por México, Ayotzinapa y la aprobación de nombramientos del ejecutivo, son muestras de que ellos también gobiernan).

Iñárritu parte del presupuesto de que no tenemos el gobierno que merecemos y hay una pregunta a la que sus detractores no saben responder: ¿cómo alegar que los 40 millones de pobres y los millones de mexicanos honestos que trabajan todos los días tienen el gobierno que merecen? Decir que tienen lo que se merecen es una injusticia y una afirmación frívola. Tan frívola como la postulación de Carmelita Salinas. 

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